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sábado, 6 de junio de 2015

El camino entre Madrid y Toledo

Aunque hoy muchos lo ignoran, la historia de nuestra ciudad ha estado fuertemente ligada a la ciudad de Toledo. La misma fundación de Magerit, el nombre árabe con el que se denominaba a Madrid, por parte de las autoridades del Califato de Córdoba, estuvo relacionada con que este asentamiento sirviera de protección para la vieja Toletum.

Durante el Medioevo, en un contexto de habituales conflictos entre los reinos cristianos y los islámicos, las zonas de frontera solían ser un hervidero de razzias y combates entre las fuerzas de uno y otro bando. En el lugar donde hoy se asienta el Palacio Real se construyó una atalaya que vigilaba los pasos de montaña, un lugar desde donde dar la alarma si los cristianos trataban de marchar hacia el sur. Toledo, una de las ciudades más importantes de entonces, era un objetivo clave para los reyes cristianos debido a su valor estratégico, simbólico y económico. Con el tiempo, aquella atalaya acabó por convertirse en un auténtico alcázar con un pequeño caserío amurallado a sus pies. Los primeros madrileños poblaron una tierra fértil y repleta de acuíferos, gracias a lo cual, Magerit pudo crecer hasta convertirse en una ciudad con nombre propio en el centro de la península.

La caída de la taifa toledana ante las huestes del rey castellano Alfonso VI también supuso el cambio de manos para Madrid. Nuestra Villa continuó creciendo en tamaño e importancia, hasta el punto de ser escogida como capital de la monarquía varios siglos después. No obstante, Toledo como sede del Primado de España, seguía gozando de un fuerte poder político y económico, y durante siglos continuaría poseyendo una notable influencia en ciudades como Madrid o Alcalá de Henares que no disponían de diócesis propias.

No ha de extrañarnos, entonces, que todavía perduren en la capital bastantes lugares que hagan referencia a tan estrecha relación. Hablamos de la calle, la puerta y el puente de Toledo, varios elementos que comunicaban Madrid con la urbe toledana, así como con las restantes ciudades que conectaba el Camino Real del Sur.

La calle de Toledo

La calle de Toledo es una de las más emblemáticas de la ciudad. Tiene su origen en la Plaza Mayor, concretamente en el denominado Portal de Cofreros, y aún hoy guarda su valor histórico como vía eminentemente comercial, donde muchos comercios mantienen el aspecto de las tiendas del viejo Madrid. Al ser una vía de comunicación directa con la ciudad Imperial, esta calle siempre estuvo muy transitada, y en sus cercanías abundaban las posadas y otros edificios destinados al descanso de los viajeros, incluidas algunas mancebías de renombre.

Si descendemos la calle desde la Puerta Mayor no tardaremos en encontrarnos dos construcciones de primera categoría: la Real Colegiata de San Isidro y el Instituto de Enseñanza Secundaria San Isidro, otrora el Colegio Imperial.

La Real Colegiata de San Isidro fue edificada en el siglo XVII como iglesia del antiguo Colegio Imperial, convirtiéndose en la catedral de Madrid hasta 1993, año en el que la Catedral de la Almudena terminó de construirse y fue consagrada. Se trata de uno de los lugares de culto más importantes de la ciudad puesto que en su interior descansan los restos mortales de San Isidro, patrón de Madrid, y de su esposa,  Santa María de la Cabeza.
El Colegio Imperial, por su parte, es algo más antiguo. Cuando Felipe II decide asentar la capital de la Monarquía Hispánica en Madrid, la ciudad carecía de un verdadero centro de enseñanza, puesto que únicamente existía el llamado Estudio de la Villa, creado en el siglo XIV. Se decidió abrir un nuevo centro dirigido por la Compañía de Jesús que comenzaría a ser construido en la calle Toledo en el año 1564, empezando a funcionar en 1572 bajo el nombre de Colegio de San Pedro y San Pablo de la Compañía de Jesús. Años más tarde, concretamente en 1603, y gracias al patronazgo de la Emperatriz María de Austria, se reconstruyó el edificio, quedando con el nombre de Colegio Imperial. Como curiosidad mencionar que, en un principio, cuando se pretendía construir el colegio para los jesuitas, pensaron levantarlo en las cercanías del alcázar, pero finalmente se canceló la idea al querer el rey Felipe II ampliar el tamaño del castillo.

Pese a que hoy en día ya no exista, otro de los edificios de gran importancia que cobijó esta calle fue el hospital-convento de la Latina. Este complejo fue edificado a principios del siglo XVI, entre los años 1499 y 1507, por Beatriz Galindo y su esposo Francisco Ramírez, secretario de los Reyes Católicos. Si bien el verdadero nombre del hospital era el de la Concepción de Nuestra Señora, siempre fue conocido por el apodo de su fundadora, La Latina. Éste sobrenombre por el que era conocida se debía al soberbio conocimiento que tuvo del latín, convirtiéndose en toda una autoridad en lo que a esta lengua se refiere.

La Puerta de Toledo

Muchos otros edificios o monumentos históricos han tenido su lugar en la calle Toledo, demasiados para ser enunciados en una publicación que pretende ser una breve reseña. Sin embargo, es imposible dejar de mencionar la Puerta de Toledo.

Hubo otras anteriores con el mismo nombre en puntos más cercanos al centro histórico de la ciudad como fueron el Postigo de San Millán próximo a Cascorro, o la Puerta de La Latina, cercana al hospital antes mencionado. En 1625, al construirse la cerca de Felipe IV, se levantó una nueva situada en las cercanías del matadero del Rastro. Ésta era la zona de Madrid por donde accedía el ganado y donde se situaban la mayor parte de los establecimientos regentados por matarifes, curtidores de piel y otros trabajadores ligados al sector de la ganadería. Sabemos, gracias al plano de Teixeira, que aquella puerta era de ladrillo y en sus proximidades tenía dos fuentes.

La Puerta de Toledo actual, que también sirvió como acceso a la ciudad tras la desaparición de la anterior, es del siglo XIX. Fue durante la época napoleónica, bajo el reinado de José I Bonaparte, cuando se diseñó el primer proyecto de construcción de una puerta de carácter monumental que adecentara la entrada a la ciudad desde el sur. Las obras apenas habían dado comienzo cuando Fernando VII consigue hacerse con el trono de España, por lo que las autoridades de la ciudad decidieron dejar el proyecto, todavía inconcluso, en manos del afamado arquitecto Antonio López Aguado. Éste acabó por diseñar el monumento que nos ha llegado hasta hoy en día, y que terminó de construirse entre los años 1816 y 1827. Una puerta similar a la de Alcalá, de estilo neoclásico, que recuerda a un arco triunfal donde se homenajea a Fernando VII y la independencia española frente a los franceses.

Pero lo más singular de todo es lo que descansa bajo sus cimientos. Enterrada bajo la puerta hay una “cápsula del tiempo”, es decir, un cofre que guarda diversos elementos para ser desenterrados en un futuro. Fue el equipo de José I quién tomó esta acertada decisión, guardando en su interior una serie de objetos de la época: monedas, una guía de la ciudad y cartas otorgadas por el monarca. Tras la salida de los franceses, la cápsula fue desenterrada, y se sustituyeron las cartas otorgadas por un ejemplar de la Constitución de 1812 y varias medallas con la efigie de Fernando VII. Curiosamente, poco después, este mismo rey decidió reabrir el cofre para eliminar aquella copia de la misma carta magna que él mismo abolió.

Norias en el Puente de Toledo, del artista escocés David Roberts


El Puente de Toledo

Si continuamos nuestro camino más allá de la Puerta de Toledo no tardaremos en llegar a las orillas del río Manzanares, y si lo cruzamos, entraremos en la zona que tradicionalmente se conocía como los Carabancheles. La actual construcción barroca del puente fue realizada entre los años 1712 y 1738 por el célebre Pedro de Ribera, uno de los arquitectos madrileños más prolíficos. Curiosamente, el puente era el tercero en ocupar el mismo espacio, puesto que la construcción de Juan Gómez de Mora y José de Villareal (datada entre los años 1649 y 1660), y una posterior de José del Olmo y Teodoro Ardemans (entre 1682 y 1684) desaparecieron en sucesivas crecidas del río que acabaron por destrozar la integridad de aquellos puentes.
En cambio, el actual parece no querer abandonarnos, y su imagen tradicional dibuja una estampa maravillosa en el paisaje de Madrid Río. Una curiosa fusión entre lo viejo y lo nuevo, entre los recuerdos de un Madrid que hunde sus raíces en el tiempo y el otro Madrid que brilla como ejemplo de modernidad.

Antes de despedirnos, comentar finalmente que en mitad de este puente existen dos hermosos grupos escultóricos: las hornacinas que protegen las imágenes de San Isidro y Santa María de la Cabeza. De nuevo una mención a estos santos tan venerados en nuestra ciudad y que de algún modo parecían despedirse y darle la bienvenida a todos los viajeros que a través de aquel camino viajaban entre las ciudades de Madrid y Toledo.

martes, 19 de mayo de 2015

Los milagros de San Isidro

Hornacina del puente de Toledo (Madrid)
 con la imagen del Santo obrando el milagro del pozo.
San Isidro labrador quita el agua y pon el sol. Así reza el interdicto que se repite todos los años el 15 de Mayo, cuando la ciudad de Madrid disfruta de la fiesta en honor de su patrón. En palabras de Claude Leví-Strauss podemos decir, sin equivocarnos, que la estructura del relato que construye a Isidro como santo milagrero tiene gran eficacia simbólica, perviviendo hoy en el imaginario de los madrileños. La devoción que se le profesa se ve objetivada cada año en los rituales, sacros o profanos, que se realizan durante la fiesta, como beber el agua milagrosa del Santo, tradición que indica que seguimos inmersos en una estructura de pensamiento mítico. Análisis antropológicos aparte, nuestro deseo es recordar algunos de los milagros que Isidro realizó en vida, que conocemos gracias a un códice del siglo XIII, escrito en letra gótica y guardado en el archivo de la monumental Colegiata de San Isidro. Su posible autor, Juan Gil de Zamora, erudito de la corte de Alfonso X el sabio, redactó los milagros del Santo en fechas tardías del siglo XIII, muy alejado en el tiempo de los sucesos que narraba. Isidro fue un simple mozárabe, probablemente de los pocos que habitaban el Mayrit musulmán. Pocero primero, y labriego después, anduvo de aquí para allá sirviendo siempre con obediencia a sus patricios patrones: en Buitrago, Caraquiz, Vega del Jarama, Torrelaguna, Talamanca y, como no, Madrid, donde cuidaba las fincas de Juan de Vargas, muy cercanas a las parroquias de san Andrés y San Justo, lo que permitía a Isidro satisfacer sus dos vicios, el trabajo y la oración. Pero la figura de Isidro no ha llegado a nuestros días únicamente por ser devoto, servicial trabajador y cristianísimo practicante. Uno pasa el examen de Santo cuando obra milagros, y la taumaturgia se encontraba entre las virtudes de San Isidro, virtudes que casualmente compartía con su devota esposa, María Toribia (Santa María de la Cabeza), que acostumbraba a caminar sobre las aguas del Jarama. 

El milagro del molino.

La caridad de Isidro era de sobra conocida, su generosidad y solidaridad con los más humildes le hacían vecino querido en toda la Villa. La caridad de Isidro no se circunscribía únicamente a los seres humanos, para él todas las criaturas son obra del Señor, y así lo demostraba cuando tenía ocasión. Cuentan que en un frio invierno madrileño, donde un gran manto blanco no dejaba ver el suelo, caminaba Isidro con su ayudante hacía un molino para moler trigo. Con el saco a rebosar, disponían a marcharse, cuando observó a unas palomas posadas en las ramas de un árbol. Pensó en la triste suerte que correrían los animales si no se alimentaban debidamente, y con brío aparto la nieve del suelo, creando un espacio liso donde vertió gran cantidad del trigo que había molido para su propio disfrute. Las palomas descendieron veloces a degustar el manjar. El ayudante miró a Isidro con desdén, increpándole, resaltando la estupidez de su acto. Pero cuando retornaban su camino se obró el milagro, el saco casi vacío pesaba demasiado, al abrirlo se sorprendieron, ya que no faltaba ni un solo grano de trigo.

El milagro de los bueyes. 

Se dice que Isidro ejercía de arrendatario para un señor de Madrid, a cambio de un sueldo anual. Labraba los campos con esmero, y llevaba una vida espartana basada en la oración y el trabajo. Isidro gastaba gran parte de su jornada en visitar las Iglesias de Madrid; aun así, los campos en los que desarrollaba sus labores eran los más cultos y cuidados. El resto de labradores que trabajaban para el caballero madrileño no daban crédito. Comenzaron a envidiarlo, creando rumores sobre su holgazanería. Algunos de ellos fueron con la cantinela al caballero, narrándole historias de absentismo laboral sobre Isidro, que pasaba más tiempo disfrutando de vida contemplativa que encargándose de los quehaceres terrenales. El caballero, alarmado, decidió espiar a Isidro durante una jornada entera para confirmar la veracidad de la rumorología. Observó con enfado que Isidro marchaba temprano a la Iglesia de Santa María, donde pasaba largas horas rezando, llegando tarde a realizar sus labores. El caballero se decidió a abroncarlo mientras labraba. Para su sorpresa, andando hacía Isidro, vio que éste estaba flanqueado por unos ángeles y dos robustos bueyes blancos inmaculados que araban los campos. Estupefacto, pestañeó, y vio que el Santo estaba solo, labrando en silencio. Tras meditar unos instantes, el caballero interpeló a Isidro para que le explicase donde estaban los ayudantes que tenía para mantener los campos en óptimo estado, trabajando tan pocas horas. El labriego le contestó que no tenía más ayuda que la que le imploraba a Dios Nuestro Señor. El Caballero se percató del prodigio del que acababa de ser testigo e hizo saber a los ciudadanos de la Villa que en ese humilde labrador residía la gracia divina.

San Isidro orando.

El milagro del lobo. 

Caminaba Isidro en un festivo día de verano por la Villa, en dirección a la Iglesia de Santa María. Dos zagales le interceptaron y le advirtieron que un temible lobo estaba intentando dar caza a su borriquillo. Con voz calmada les contestó: <<id en paz hijos, hágase la voluntad del Señor>>. Isidro entró en el templo y rezó sus oraciones, después de satisfacer su necesidad espiritual, fue a ver a su borriquillo. Encontró al lobo en el suelo, fulminado, y a su borriquillo intacto, sin herida alguna de lucha. El Santo no se inmuto, volvió tras sus pasos y entró en la iglesia para dar gracias a Dios.

El milagro de la olla.

Sabido era en la Villa que Isidro cumplía con creces las prácticas cristianas. El Santo gustaba de dar en concepto de limosna lo poco que poseía. En su casa se congregaban los desfavorecidos para llevarse algo de comer a la boca. Un mediodía María preparaba en una gran olla un guiso para alimentar a los pobres que se habían acercado invitados por Isidro. Cuando todos se hubieron marchado apareció un rezagado demandando manduca. Isidro le pidió a su esposa que, por favor, le diera algo de lo que hubiese sobrado. María había comprobado con amargura que la olla estaba vacía, acercose al hombre que se hallaba  al lado de Isidro para darle la funesta noticia. En el momento en que destapó la olla se hizo el milagro, el recipiente estaba rebosante de suculento guiso. El pobre comió como un marqués. A partir de ese día todo el mundo supo de lo sucedido y el prodigio recorrió Madrid de boca en boca.

El milagro del pozo.

Isidro servía en las fincas de los Vargas y residía en una humilde casa muy cerca de la Iglesia de San Andrés. Estando labrando los campos de la noble familia al otro lado del Manzanares, recibió una funesta noticia: su hijo Illán había caído en un pozo profundo de la casa. Isidro se encontró a su esposa afligida, al pie del pozo, sollozando por no poder rescatar a su hijo caído. El Santo tranquilizo a María y, con tono sosegado, la invitó a que confiase en la misericordia del Señor. Juntos se arrodillaron pidiendo a Dios y a la Virgen que salvase a su hijo. En ese instante las aguas comenzaron a brotar de las profundidades del pozo hasta el brocal, elevando al zagal sobre estas, intacto. 
El pozo en el que cayó Illán se puede contemplar hoy en el Museo de los Orígenes, conocido popularmente como Casa de San Isidro, en la Plaza de San Andrés.

El milagro de la fuente.

Se hallaba Isidro labrando las tierras de los Vargas como de costumbre. Era verano, el calor derretía los aperos y endurecía la tierra. Juan de Vargas apareció sofocado y jadeante, miró a Isidro y le pidió agua para beber. El Santo, que había terminado sus reservas, tomó su cayado, miro al cielo, hizo la señal de la cruz, y golpeando el suelo varias veces dijo: <<Cuando Dios quería, aquí agua había>>. El agua comenzó a brotar a torrentes del suelo, satisfaciendo la petición de su Señor, que quedó absorto ante la magnitud de aquel milagro. En el lugar donde el santo golpeó el suelo se construyó la afamada fuente cuyas aguas milagrosas poseen propiedades curativas y, con la Ermita de San Isidro mandada construir por Isabel de Portugal, es lugar de obligada peregrinación el 15 de Mayo.

El milagro de la hija de los Vargas.

Tenían los Vargas una única hija, santa de su devoción, a la que Isidro amaba como una hermana. Un trágico día María Vargas cayó muy enferma. Nadie encontraba remedio al mal que padecía  y murió dejando a padres y Santo desolados. En el largo velatorio, Isidro se acercó al cuerpo sin vida de la joven y rezó con todas sus fuerzas una plegaria. Cuando terminó el rezo interpeló al cadáver: ¡María! La sorpresa de todos los presentes se desató con la respuesta de la chica: ¿Qué quieres Isidro? El milagro se hacía carne, María había resucitado.

Esta serie de milagros forman parte del acervo cultural de la tradicional fiesta de San Isidro. Algunos faltan, pues el santo siguió obrándolos después de muerto, como los consejos que le dio a Alfonso VIII en las Navas de Tolosa o salvando de una muerte segura al rey Felipe III; aunque el mayor de los milagros es que su cuerpo incorrupto se conserve a día de hoy, después del largo peregrinaje que sufrió desde su exhumación en 1212, pasando por San Andrés, la Capilla del obispo, vuelta a San Andrés, Real Capilla de San Isidro, hasta que un 4 de febrero de 1769 Carlos III zanjó el asunto, fijando la residencia del Santo en la Iglesia de la Compañía de Jesús, lo que hoy conocemos como la Real Colegiata de San Isidro. En recuerdo del Santo os regalamos esta entrada. 

domingo, 17 de mayo de 2015

La Pradera de San Isidro

La primavera nos deja días muy especiales a los habitantes de la capital. Hace unas pocas semanas, concretamente el dos de mayo, se celebraba el Día de la Comunidad de Madrid, fiesta regional que conmemora el levantamiento del pueblo madrileño durante la ocupación francesa. Sin embargo, este fin de semana nuestras calles se han engalanado para un evento mucho más alegre y castizo como ningún otro: las Fiestas de San Isidro Labrador del quince de mayo.

Nuestra fiesta patronal, perfectamente representada en las pinturas del maestro Francisco de Goya, es famosa por sus verbenas y romerías. La Pradera de San Isidro, en el barrio de Carabanchel, se llena de puestos, terrazas y atracciones para el disfrute de todos los vecinos y visitantes de nuestra hermosa Villa. Entre sus arboledas y verdes prados podemos ver a centenares de chulapos y chulapas, nombre por el que se conoce a quienes deciden engalanarse con las prendas más típicas del Madrid castizo, bailando al son de la música y disfrutando con los manjares que allí se venden. A muchos otros los encontraremos junto a la Ermita de San Isidro, un pequeño templo construido sobre el famoso manantial del que supuestamente brotan aguas milagrosas, que constituye uno de los elementos más simbólicos de estas celebraciones.

Sin embargo, nuestra festividad no se deja ver únicamente en este singular paraje. Las calles del centro, en especial aquéllas que rodean los Jardines de las Vistillas, se convierten al atardecer en un hervidero de gente dispuesta a divertirse y a disfrutar de la vida como sólo aquí sabemos hacerlo. Dicen que Madrid es una ciudad que nunca duerme y desde luego, a sazón de lo visto estos días, puede que tengan razón.

Nuestro objetivo con esta publicación es acercar al público algunas curiosidades sobre estas fiestas y sus elementos más característicos, que puede que sean desconocidas para muchos.

Baile a orillas del Manzanares, Francisco de Goya


El chotis, un baile muy europeo.

Aunque nuestro baile regional es conocido por muchos, sus orígenes sorprenden a cualquiera. Se trata de una danza centroeuropea, originaria de Bohemia, basada probablemente en un bailable popular escocés. Tuvo mucho éxito en países como Francia o Alemania, donde recibió los nombres de éxossaise y schottisch  respectivamente.

En España fue conocida como Polca alemana, y llegó a Madrid por primera vez el 3 de noviembre de 1850, durante el reinado de Isabel II. Aquella noche se bailó por primera vez durante una fiesta de palacio donde los músicos invitados tocaron aquellos ritmos que triunfaban más allá de los Pirineos.

Esta música pronto fue escuchada por todos los madrileños gracias a la proliferación de los organillos que tocaban aquella melodía, alcanzando una enorme popularidad y convirtiéndose en el baile más castizo. Como curiosidad, decir que el organillo fue introducido por el italiano Luis Apruzzese, quién decide abrir un taller de fabricación y reparación de estos instrumentos en el barrio de la Latina, instalándose definitivamente en esta ubicación gracias al consejo del Maestro Tomás Bretón  tras una estancia previa en Salamanca.

Unas tontas y otras listas

No hay región que no disfrute de su gastronomía propia, y para estas fechas en Madrid es muy típico disfrutar de las riquísimas rosquillas de San Isidro.

Las “rosquillas tontas” tienen su origen en el medievo, y se conocen con ese nombre al estar compuestas únicamente por la masa. Por lo visto, la reina Bárbara de Braganza, esposa del rey Fernando VI, las consideraba bastante insípidas, por lo que el cocinero real decidió añadir a la receta almendras y azúcar, creando una nueva variedad conocida como “rosquillas francesas”.

Por lo visto, las “rosquillas listas” se las debemos al buen hacer de una famosa pastelera de Fuenlabrada conocida como la Tía Javiera. Ella decidió añadir azúcar y un toque de limón a la masa tradicional y muy pronto su receta fue copiada por todos los pasteleros de la ciudad.

Las “rosquillas de Santa Clara”, por su parte, fueron cosa de las monjas del Monasterio de la Visitación, quienes cubrieron la masa con una capa de azúcar glasé.

Los vecinos madrileños

En nuestras fiestas populares hay quienes sobresalen por el resto gracias a su característica indumentaria. Se trata de los chulapos y las chulapas, madrileños bien arreglados con nuestras prendas más castizas. Son vecinos del barrio de Malasaña o de Maravillas, quienes sobresalían como dice la RAE por “cierta afectación y guapeza en el traje y en el modo de conducirse”. Ellos visten sobre el pecho su chupa con un clavel en la solapa, al cuello un pañuelo conocido como babosa, y sobre la cabeza la palpusa. Ellas pasean con sus blusas y faldas de lunares, pañuelo con clavel en la cabeza y sobre los hombros un buen Mantón de Manila.

Luego están los manolos y las manolas, del barrio de Lavapiés y sus cercanías, donde tuvo muchísimo éxito poner el nombre de Manuel a los recién nacidos, pasando a ser conocido el vecindario por el resto de madrileños como el de los Manolos.

Los chisperos vivían en los barrios del norte, donde muchos trabajaban el metal en alguna de las numerosas herrerías de la zona. De las chispas candentes de la forja viene el apelativo de sus vecinos.

Madrid siempre ha sido una comarca con gran actividad rural, y a quienes habitaban las vegas y las tierras de labranza de las afueras los conocían como Isidros.


Por último, tenemos a los majos y majas, nombre del s.XVIII con el que acabó llamándose al pueblo llano de Madrid cuando se arreglaban para ir de fiesta. Goya retrató a tantos de estos individuos en sus pinturas que a su atuendo de redecilla, calzas, capote y sombrero apuntado también se le llama goyesco.