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sábado, 18 de abril de 2015

Munera gladiatoria III: la Reforma Augusta

Escultura de Augusto
En las dos entradas publicadas anteriormente sobre el fenómeno de los munera gladiatoria constatamos su complejidad. Explicamos su desarrollo y naturaleza, concluyendo que tenían un gran valor en la cultura y la política romana, siendo una herramienta de romanización y de control de masas; un ritual que se transformó en un deporte “nacional” controlado por las autoridades romanas. En la última entrada planteamos que la fase de creación definitiva, su forma final, la estableció el prínceps Augusto, primer Emperador de Roma. Prometimos dilucidar la reforma augusta que el nuevo monarca acometió para institucionalizar un modelo de munus que será emulado ad infinitum por sus sucesores.

Durante el gobierno de la República, es cierto que existieron una serie de regulaciones o pautas que regían la gladiatura, normas que surgieron fruto de la práctica en sí misma, la costumbre o la tradición, y que fueron transmitidas por oralidad y por las representaciones artísticas sobre la atmósfera del munus. Pero existía una ausencia de codificación y uniformidad, cambiando las reglas en función de infinidad de variables, lo cual dificultaba un férreo control estatal de la organización admirativo/formal de los munera. Este problema, se subsanará con la llamada reforma augusta.

Tras la victoria sobre el célebre triunviro Marco Antonio en Accio, Augusto restauró los poderes de la República pero en la práctica fue acumulando prerrogativas especiales hasta acabar gobernando como un autócrata, provocando un cambio sustancial en el sistema político de Roma. El Emperador sería el único que ejercería el poder efectivo (Imperium). En consonancia con el nuevo proyecto de afianzamiento e imposición de su poder, Augusto, (que había demostrado sobradamente su genio político desde su juventud) recordó la importancia capital de los munera, su gran valor público y su popularidad aneja. Emprendió una verdadera política de juegos, celebrados con más frecuencia, variedad y magnificencia, encaminada a crear un elemento de construcción imperial, un deporte “nacional” que sirviese como herramienta de romanización y entretenimiento de masas; un resorte para sancionar su poder absoluto y llevar a cabo el proyecto de Pax Romana.

Pero para una instrumentalización óptima de los munera era indispensable crear un reglamento oficial, sancionado por el Emperador. Si bien no existió una ruptura con el pasado republicano, se dio un  paso trascendental en la codificación de los munera con la estandarización (eliminación o concreción de reglas contradictorias o ambiguas), mejora y compilación escrita de las prescripciones que iban a regir la gladiatura.

El problema recurrente para una buena reconstrucción, minuciosa, de la reforma augusta es, como en muchos otros casos, el límite fontal. Al no haberse escriturado la totalidad de la normativa, y al perderse muchas fuentes sobre la cuestión, los estudios sobre la reforma no son lo suficientemente completos para nuestro gusto. Ahora bien, permiten conocer las claves para entender el gran cambio que supuso la reforma. Hubo, entre otras de menor calado, dos medidas importantes que dotaron a los munera de una nueva organización: el munus legitimun y la abolición del munera sine missione.

El munus legitimun se refiere al procedimiento administrativo, procesal y formal de cómo se debe celebrar correctamente un munus. Dentro de esta medida se regulaba el cuándo, dónde, quién y cómo. Se especificaba cuantos días de munera al año estaban permitidos y los cargos públicos que tenían el privilegio de celebrarlos: los praetores sólo podían ofrecer dos (al año) mientras estuviesen en el cargo, con un máximo de 60 gladiadores por munus; los sumos sacerdotes del culto imperial en las provincias tenían la obligación de celebrar uno al año, sufragado por ellos mismos, comprando y  entrenado a sus propios gladiadores, como si fuesen meros lanistas; a los ciudadanos romanos más ambiciosos se les permitía tener participación en la celebración de munus pero de manera parcial, como inversores, sufragando parte del munus o proporcionando infraestructura para su celebración, a modo de beneficencia para la comunidad. Todas estas medidas iban encaminadas a fortalecer la figura del Emperador, que podía realizar munera a su antojo; además eran los más fastuosos y duraderos, quedando el resto de celebraciones ensombrecidas por la magnificencia de los munera augustos. Es más, para ahorrar costes y poder ofrecer cada vez más juegos, Augusto creó los ludi imperiales, verdaderas escuelas de gladiadores a costa del Estado romano, propiedad del Emperador, que disponía de ellos para su utilización en los juegos o para su venta a otros editores, sacando un gran beneficio. El munus legitimun cumplió su fin con creces.

Pollice Verso (1872), obra de Jean-Léon Gérôme.

Por otra parte, la segunda medida, la abolición de munera sine missione, era un paso lógico para beneficio de todos los actores que estaban embarcados en la compra-venta y entrenamiento de gladiadores; además permitió que el deporte generase sus propias estrellas, idolatradas por Roma. Vamos a explicarnos. Existían dos modalidades de combates con el nombre munera sine missione, cada cual más contraproducente para el negocio: en una de ellas se daba la ausencia de la missio para el gladiador vencido, es decir, el perdón o la gracia para el derrotado (ejecutado por el vencedor); la otra modalidad, mas ruinosa, consistía en una concatenación de combates donde el vencedor tenía que volver a pelear hasta quedar sólo un gladiador vivo. El vencedor, al tener que volver a luchar de forma inmediata, acusaba cansancio y heridas, lo que le daba pocas probabilidades de victoria. Estas prácticas tenían múltiples inconvenientes, y no sólo de carácter económico. Desde luego, suponía una ruina constante para el editor pero, además, se le restaba protagonismo, y también al público, ya que no se interrogaba sobre el destino del vencido; por no hablar de lo menguante del número de gladiadores donde ni los más hábiles o queridos por el pueblo tenían opción de salvarse, mermando la aparición de “gladiadores franquicia” (estrellas del deporte propiedad de un editor en particular). La prohibición de esta práctica por parte de Augusto fue un gran acierto, no sólo desde el punto de vista económico (para eso creó los ludi imperiales), sino para una correcta utilización de los munera: propició la participación de los ciudadanos en los espectáculos, pidiéndoles opinión, lo que les mantuvo contentos; además, Augusto se exhibía en el palco para dar el veredicto final; y por supuesto, se multiplicó el número de gladiadores dando opción al surgimiento de estrellas deportivas.

Otras medidas recogidas en la reforma augusta se refieren a la organización del graderío y, sobre todo, a reglar el combate mismo. En esta línea, desparecieron una serie de gladiadores, como el samnita, y de su panoplia surgieron muchos otros, como el secutor, el hoplomachus o el murmillo. Se reguló, también, la indumentaria marcial, viéndose afectadas las protecciones de la testa con el fin de igualar los combates. Y variaron más normas que ya hemos visto o iremos viendo en el estudio de las tipologías de gladiadores o en las sucesivas entradas sobre la atmósfera del munus.

A guisa de conclusión, la reforma augusta supuso un punto de no retorno, los munera quedaban institucionalizados como deporte imperial propiamente romano, y en el devenir del Imperio guardaron esta forma: misma periodicidad, calidad y características, que los Emperadores sabedores de su eficacia simbólica se cuidaron muy mucho de no modificar.

sábado, 7 de marzo de 2015

Munera gladiatoria II: de lo privado a lo público.

Los munera gladiatoria (combates de gladiadores) surgen dentro de una estructura de pensamiento mítico, en el ámbito funerario de la antigua Roma, formando parte de un ritual de carácter sagrado. Munus, singular de murera, puede traducirse como deber u obligación. Cuando un miembro de una familia patricia fallecía, los familiares estaban obligados o tenían el deber de ofrecer combates con espada a muerte durante el óbito. Era una cuestión fundamental que existiese derramamiento de sangre en el combate para que el alma del difunto se viese propiciada en su viaje a la otra vida. De esta forma, podemos entender el munus como una forma de sacrificio humano, ritual acorde con el horizonte de pensamiento romano, donde la violencia y la muerte tenían fuerte raigambre (ver entrada: ¿qué son los munera gladiatoria?).

Frescos de una tumba de Paestum (circa s. V a. C.), que representan un munus.

El origen de esta práctica ritual es la adaptación de una costumbre del pueblo campano, procedente de la Campania en la Península Itálica, zona de clara irradiación cultural etrusca. Los campanos tenían la costumbre de celebrar copiosas cenas y banquetes que eran amenizados con combates a muerte. Los romanos se apropiaron de esta práctica, probablemente etrusca en origen, durante las guerras contra los samnitas, donde los campanos fueron fieles aliados de Roma. Cuenta Livio que los samnitas fueron grandes guerreros que no se sometían fácilmente (protagonizaron tres arduos conflictos con Roma y no fueron sometidos totalmente hasta que Sila masacró lo que quedaba de este pueblo en el contexto de la Guerra Social) lo que provocó el odio de los campanos que cuando los capturaban les obligaban a tomar parte en los combates de gladiadores celebrados en sus banquetes. Este hecho, dio como resultado que en los primeros tiempos de los combates, samnita fuera sinónimo de gladiador, y la primera tipología de combatiente en los munera.

Los romanos ritualizaron la práctica de origen etrusco y la incluyeron en sus ritos funerarios pero la causa del éxito de los munera, y su evolución, hay que buscarla en el significado material de esta costumbre. Hemos visto que el difunto necesitaba sacrificios para su viaje y para sancionar su estatus social pero ¿existe un objetivo “más acá” de lo espiritual? La familia del difunto tenía razones terrenales para la celebración de un funeral-espectáculo. Con la organización del munus, se mostraba la capacidad económica y organizativa al resto de la sociedad romana (ritual conspicuo), postulándose el organizador como un gobernante capaz para ocupar una magistratura. Es la instrumentalización política de los munera lo que va a provocar su complejización y su desacralización.

Un ejemplo perfecto de esta instrumentalización fue el funeral de Brutus Pera (264 a. C.), el primero de muchos en un contexto de profunda crisis de Roma, la Primera Guerra Púnica, donde los organizadores se preocuparon por hacer ver al pueblo de Roma que eran ciudadanos capaces, con habilidades administrativas y dotes de gobierno, lo que la República necesitaba en tiempo de decadencia, hombres a la altura de las circunstancias. A partir de este momento, aunque sigan celebrándose en un contexto funerario, los munera van a ser mucho más que un óbito. Se transforman en un espacio pedagógico con fuerte carga política, y de forma paulatina van a ir adquiriendo un carácter “nacional”, propiamente romano, por condensar la práctica de todos los valores transmisibles a las nuevas generaciones. El uso político-social de los munera provocó su multiplicación, pese a no tener un carácter oficial ni regulación senatorial, comenzaron a masificarse debido a que los funerales empezaron a ser abiertos a todo aquel que quisiera presentar los respetos al difunto y de paso disfrutar de buenos combates a muerte. Directamente proporcional a la masificación fue su complejización organizativa: construcciones efímeras (gradas), aparición de figuras dedicadas a la trata de gladiadores (lanista), actos paralelos al funeral, la ampliación del tiempo entre la muerte y la celebración del funeral, y una mayor duración de los munera, con varias parejas de gladiadores. Toda esta parafernalia performativa consiguió ir expulsando al munus del ámbito funerario, desacralizándolo.

Representación de varios gladiadores y un arbitro de combate.
Fragmento del mosaico de Zliten, cerca de Leptis Magna (s. II d. C.),  
Otro ejemplo de instrumentalización de los munera se da en pleno contexto de conquista quirúrgica, el gran proyecto de dominación de la República romana. Al igual que se hacía en el mismo corazón de la República, y con similares intenciones, Roma usó la celebración de munera en tierras extranjeras, como elemento de romanización y dominación cultural de los pueblos conquistados. Los munera no eran simples combates entre gladiadores, eran la exaltación de Roma y una clara muestra de su superioridad y capacidad de buen gobierno. Claro ejemplo fue la celebración, por todo lo alto, de unos munera por parte de Escipión el Africano, para conmemorar la memoria de su tío, en el 206 a. C. (muerto cinco años antes). Los celebró en Hispania, tras haber asegurado la Península derrotando a la temible Cartago. Con claras intenciones políticas, Escipión, quiso mostrar a los pueblos de la Península que Roma era la única capaz de gobernarlos, mejor que sus antiguos señores humillados por la Republica. La materialización de la hegemonía cultural de Roma era manifiesta y se sancionaba a través de los munera, que fueron asumidos y practicados por los gobernantes de pueblos sometidos no romanos, con los mismos fines (Antíoco IV, Rey de Siria, 175-164 a. C.).

Por todo lo explicado anteriormente, los munera comienzan, muy despacio, a transformarse en un espectáculo público. Las autoridades romanas se hicieron eco de la eficacia política de un ritual al que poco le quedaba de sagrado.

A finales de la Republica, dos senadores, en el año 106 a. C. van a ofrecer un munus fuera del contexto religioso, simplemente por el gusto de darlo pero, su verdadero objetivo es el de fomentar el espíritu guerrero del pueblo romano, el coraje, la virilidad y el gusto por el entrenamiento militar, contrarrestando las frívolas costumbres griegas. A partir de este momento, los munera se convierten en espectáculos de carácter público, surgiendo la necesidad de ser regulados por las autoridades civiles romanas. La primera legislación se sanciona en 105 a. C. con las leges gladiatoriae que nombran a los magistrados encargados de su regulación y funcionamiento en Roma y sus provincias, prohibiendo terminantemente la celebración de munera sin consentimiento de las autoridades civiles de la República. Por fin el Estado romano se hacía eco de la importancia y los beneficios políticos y económicos que se derivaban de su control (se crearon impuestos específicos que gravaban la actividad).

Ave Cesar, Morituri te Salutant, obra de Jean-Léon Gêrome (1859)

En el siglo I a. C. los combates de gladiadores estaban institucionalizados y se habían transformado en un rico espacio político para tener acceso a las magistraturas senatoriales, eran un espectáculo clásico durante las campañas electorales. El mensaje era muy sencillo: el que es capaz de organizar los mejores munera (y los más fastuosos) era capaz de gobernar. La plebe de Roma adoraba los munera y esto los convirtió en requisito fundamental. Los candidatos para distinguirse comenzaron a realizar espectáculos anexos, diversificando las exhibiciones con nuevos gladiadores traídos de lejanos territorios y la inclusión de animales exóticos, domesticados o no. El mejor ejemplo de este intento de innovar lo proporcionó Cayo Julio César que introdujo una exhibición temática de armas y armaduras de los gladiadores, gastando grandes sumas de dinero. Este gasto era más bien una inversión a corto plazo con claro rédito político, además, de forma muy inteligente César generalizó la missio (perdón) para sus gladiadores más costosos. La costumbre del perdón terminó con la obligación de que los combates acabaran en muerte (como ocurría en el ámbito funerario) lo que ocasionó un gran ahorro y la formación de mejores gladiadores, que comenzaron a ser tenidos en cuenta. Antes infames y socialmente mal vistos, van a empezar a tener un claro reconocimiento, a ser aclamados por la plebe, y en época imperial se convertirán en grandes e idolatradas estrellas del deporte (recodemos que incluso las nobles patricias pagaban grandes sumas para fornicar con famosos gladiadores, y la figura se hizo tan notable que en ocasiones hasta el mismísimo Emperador bajó a la arena).

Los munera se hicieron tan fastuosos y costosos que, como nos relata Cicerón, intentaron regularse sus excesos, sin mucho éxito. Aunque más bien fue un intento de los miembros instalados en el Senado para frenar a sus opositores, limitando ciertos aspectos de los munera. Un ejemplo se da en el convulso final de la República donde los senadores intentaron poner límites al número de gladiadores que un edil podía tener en propiedad. Esto se debe a que algunos candidatos tenían verdaderas guardias de gladiadores perfectamente adiestrados que en caso de rebelión o intentos golpistas podían representar serios problemas para la guarnición que defendía Roma (este miedo queda reflejado en la revuelta de Espartaco (73-71 a. C. y la conspiración de Catilina 63 a. C.).


La trasformación y regulación definitiva de los munera se da en época imperial, de la mano de César Augusto, primer emperador de Roma. La Reforma Augusta conllevó la centralización de los munera en el Estado, que se encargaba de su organización con coste cero para el Emperador que los incluyó en los Ludi Imperiales (se tratarán en una futura entrada, como la Reforma Augusta) y promovió la construcción de anfiteatros fijos por toda Roma, algo antes prohibido, y más importante, dictó una serie de normas para que ningún aspecto del espectáculo escapase a su férreo control, estableciendo un calendario oficial para su celebración. Mejoró el reglamento de la gladiatura con prescripciones sancionadas y registradas por escrito. Esta estandarización de reglas, equipo, etc., institucionalizó los munera gladiatoria como deporte imperial, asentando un modelo formal que se perpetuará en la cultura romana, siendo emulado por los sucesivos emperadores con idénticas características, calidades y formato. El ejemplo más perfecto de la institucionalización de los munera lo pueden contemplar hoy nuestros ojos en el centro de Roma: el majestuoso Anfiteatro Flavio (Coliseo), construido por Vespasiano en el 70-72 d.C.