sábado, 2 de mayo de 2015

Salir de la Caverna: filosofía para todos. Parte II


                   Autor colaborador: Guillermo Gracía del Busto Miralles

Platón se lanza hacia lo desconocido. Ante sí un pasillo, sumido en la oscuridad. A ciegas lo recorre, sube unos escalones y alcanza una nueva puerta. Palpando, encuentra el picaporte y la abre.

- ¡Ay! ¡Amaranta! ¿Qué me sucede? No veo nada, pero es un no ver distinto al de ahí abajo, este es blanco y duele.

- Es la luz, Platón. La primera vez que nos enfrentamos a ella nos ciega, pero ten paciencia, poco a poco te acostumbrarás. Deja que te guíe hasta la sombra de este árbol, te sentirás mejor.

- Llévame… Da vértigo andar por terreno desconocido sin ver nada, incluso siendo guiado por alguien de confianza… ¡Mucho mejor! Aquí duele menos y empiezo a distinguir formas. Esto que hay bajo mis pies, ¿es un árbol?

- Casi, Platón. Ciertamente te parecerá un árbol, pues hasta ahora para ti la realidad no eran más que sombras. Pero me temo que no lo es, tan solo es la sombra de un árbol. Cuando te recuperes un poco más, prueba a mirar hacia allí.

Amaranta orienta a Platón hacia un lago. Poco a poco, Platón comienza a ver y reconocer los reflejos del agua y, finalmente, sus ojos se han acostumbrado lo suficiente como para atreverse a mirar por encima del nivel del suelo.

- No tengo palabras, Amaranta, para describir la belleza de lo que contemplo.

- Lo sé, Platón, yo tampoco las tuve, ni las tengo ahora. Es extraño lo que nos ocurre cuando contemplamos lo sublime, lo Bello. Es como si trascendiéramos el limitado campo de los “me gusta” y nos sumergiéramos en un océano inexplorado. Quiero decir que al contemplar este paisaje una no puede limitarse a decir que le agrada o que le apasiona. Sea cual sea el grado de emoción que nos despierte, todas y cada una de las personas que han subido hasta aquí han coincidido en algo: que sentirían exactamente lo mismo si fuesen otra persona. Que sería de esperar que cualquiera, independientemente de que sea alta o baja, hombre o mujer, rica o pobre, negra o blanca… sentiría algo similar, si no equivalente.

- ¿Y eso qué significa, Amaranta? ¿Qué estamos ante un paisaje único?

- Ciertamente, pero ya veremos por qué es único. Lo importante ahora, Platón, es comprender que ante la contemplación de lo Bello nos sentimos sintiendo lo mismo que todos los demás. La Belleza nos coloca a todos y a todas en un lugar común, un lugar que es de todas las personas y de nadie a la vez. Nos hace sentirnos como hermanos y hermanas.

- Hablas de fraternidad.

- En efecto.

- Y dime Amaranta, ahí abajo, en la sala, pude comprobar que aquello que nos permitía ver las sombras que agotaban nuestro mundo eran unos focos. Aquí no veo foco alguno, y sin embargo hay sombras, ¿se debe a esa bola amarillenta que quema los ojos cuando se la mira?

- Aciertas de nuevo, Platón. Eso es el sol y es lo que hace de este paisaje algo único.

- ¿Se trata de un foco gigante?

- No, de ninguna manera. Esa esfera que proyecta la luz necesaria para que veamos las cosas está compuesta de algo muy distinto. Es, de hecho, la perfecta combinación entre Verdad y Justicia, a la que llamaremos Bien.

- ¿”Verdad, Justicia, Bien”, con mayúsculas? Me temo que vuelvo a perderme, Amaranta.

- Es fácil perderse, pero encontrémonos, que este lugar puede pesar demasiado si se recorre en solitario. ¿Cómo es posible que tú veas, Platón? Ya sé que tienes ojos y funcionan. Sin embargo, esas son condiciones imprescindibles, pero no suficientes.

- Cierto, porque durante la noche, cuando no hay ninguna luz, uno no ve nada, como cuando apagaban la pantalla de las sombras. Entonces todos los gatos son pardos. Luego, para ver, resulta imprescindible la luz.

- Eso es, querido amigo. Sin embargo, ¿los ojos y la luz son suficientes para, por ejemplo, intercambiar con acierto dos ovejas por dos cabras?

- No, ya dijimos que el “saber” que proporcionan los ojos es cualquier cosa menos fiable. Gracias a los ojos podemos apartarnos de un camión que nos va a atropellar, pero estaremos lejísimos de entender qué es un camión. Es más, si no entendemos qué es un camión, aunque lo veamos venir, igual ni nos apartamos, como les sucede a los niños pequeños o a los gatos.

- Muy bien. Pero cuando hablamos de comprender lo que es un camión, ¿de qué estamos hablando si no es de la información que aportan los ojos y los oídos?

- Un camión es mucho más que esos datos confusos y cambiantes, Amaranta. De eso se trata, ¿no? Pongamos un ejemplo más sencillo: un caballo. Un caballo no es lo que vemos, oímos y sentimos al acercarnos a un caballo concreto. Sabemos que es un caballo aquello a lo que nos estamos acercando porque hay algo previo, un conocimiento de lo que es un caballo independientemente de las particularidades del caso concreto que tenemos delante. Vale, lo que intentas decirme, Amaranta, es que el sol es el equivalente, en el pensamiento, de lo que es la luz a la vista.

- Brillante, Platón. La Verdad es siempre algo más complejo que lo que vemos. La Verdad, de hecho, no se puede captar por los sentidos. Imagina que estás en un estadio y ves cómo un trozo esférico de cuero pasa entre tres palos y una raya pintada en el suelo. Si eres un marciano, para ti eso no significará nada, pero si eres un humano que ha sido bombardeado por la cultura de masas, entenderás que eso ha sido un gol y la importancia que tiene para el resultado final. Por tanto, la verdad del gol no está en su realidad visible. Volviendo a lo que nos acontece, lo que ilumina este sol no sólo es la cosa en sí, de tal manera que podamos contemplarla; ilumina también, para que podamos “verla” en su totalidad, aquello que estructura la realidad, aquello que hace que las cosas sean lo que son.

- Entiendo. Es lo que creía: la luz de los focos es a lo visible lo que la luz del sol a lo pensable. Dicho de otra forma, con los ojos apenas vemos una pequeña porción de lo real y, si no están preparados por el intelecto, no harán más que engañarnos; para contemplar la Verdad, para conocer, no nos basta con los sentidos, necesitamos a la razón. Pero no una razón ciega, sino una que se deje iluminar por la verdad, una que busque la verdad. Incluso podríamos ir más allá y decir que un auténtico comportamiento racional es tan solo aquel que parte de esta premisa, que solo sometiéndose a las exigencias de la verdad uno actúa de modo racional.

- Y ahí entramos en la otra parte de nuestro compuesto al que hemos llamado Bien: la Justicia. Dime, Platón, qué opinas del lema de unos conocidos revolucionarios, que rezaba así: “la verdad os hará libres”.

- Sin tiempo para pensarlo demasiado, diría que es cierta. Hoy, pese a que no sé nada, me siento mucho más libre que ayer, puesto que he aprendido que la verdad es algo más que la apariencia, que hay que buscarla con otros ojos. Es más, ayer ni sabía que estaba encadenado a mis pasiones y costumbres, sin embargo ahora puedo retozar por este hermoso campo.

- ¿Y tú dirías que eres parte de la norma o de la excepción, querido Platón?

- Sin duda tendría que reconocer que de la excepción: allí abajo están ocupadas casi todas las butacas y aquí arriba solo te veo a ti. Pero yo no me considero ni más listo ni más apto que los demás para aprender, ¿por qué soy una excepción?

- Precisamente porque hace falta algo más que la verdad para hablar de emancipación, de libertad. Verás, una vez me encontré aquí con otro hombre, Aristófanes se llamaba. Encantada por la posibilidad de compañía, me acerqué a él. Hablamos largo rato y cuando tuvo la suficiente confianza de que yo no haría lo mismo, confesó sus planes: “la Verdad es maravillosa, es hermosa, pero sobre todo es rentable”. Este hombre sube una y otra vez aquí, no para aprender, no para comprender, no para compartir y ayudar, sino para explotar lo que contempla, para obtener beneficio de ello.

- ¿Cómo?

- Muy sencillo: convirtiendo lo que aquí aprende en figuras y sombras, en focos más potentes, en una pantalla más grande, en mejores grilletes.

- ¡Eso es indignante! Deberíamos volver abajo no para convertir lo que nos muestra el Bien en un instrumento para granjearse privilegios, sino para ayudar a las demás personas a subir aquí.

- ¿Ves, Platón, cómo hace falta algo más que la Verdad para liberarnos?

- Tenías razón, Amaranta. Es necesaria, además, una correcta idea de justicia. Si la razón teórica, la que nos permite comprender, debe estar siempre iluminada y orientada por la verdad, la razón práctica, la que nos permite obrar de una forma u otra, debe estar iluminada y orientada por la idea de Justicia.

- Así es. Suprimimos la Verdad si decidimos ignorarla a ella y sus exigencias, o si nos limitamos a aprovecharnos de lo que muestra para lucrarnos a expensas de los demás. Que el pensamiento sea útil y benéfico depende de su orientación. La brújula que nos impide perdernos es la idea de Justicia. De modo que tenemos una aparente paradoja: cuanto más claro ve la gente que no entiende (porque no puede o no quiere) lo que es justo, más perversa es. El pensamiento es una potencia que, a falta de orientación, sirve a tanto a buenos como a malos fines. Aristófanes ha subido hasta aquí, pero si pudiésemos ver a través de sus ojos cuando contempla este paisaje, comprobaríamos que para él todo está cubierto por un manto de niebla que le hace confundir la verdad con la oportunidad de negocio. Él no ve bien, ni le interesa, ve lo que quiere ver. Es otro esclavo más de sus particularidades: cree que será más libre en la medida que consiga más dinero, no se da cuenta de que quiere más dinero porque no es libre, porque está atrapado por él.

- ¿Y qué hay del resto de personas? Porque igual Aristófanes es la excepción y nosotros la norma, solo que aún no hemos podido comprobarlo.

- Respóndeme, Platón, ¿estás mejor aquí que atado a tu butaca?

- Por supuesto.

- ¿Y por qué crees que los demás van a ser distintos? Y si son iguales que tú, ¿por qué motivo no están todos y todas ya aquí, disfrutando del Bien y la Belleza? ¿Olvidas que esas personas han sido educadas precisamente para lo contrario, para desear, en el mejor de los casos, una mejor butaca, sombras de alta definición y un espectacular sonido digital?

- Es cierto, pero si bien es admisible que han sido condicionadas, de ninguna manera podríamos explicar nuestra presencia aquí si asumimos que esas personas han sido definitivamente determinadas. No, es un hecho que se puede salir de allí abajo, de esa caverna. La clave es, por tanto, cómo se hace. A mi modo de ver, se nos presentan dos posibilidades: por la fuerza o convenciendo. Lo primero es imposible, porque no tenemos con qué romper las cadenas y además está la seguridad de la sala, que va fuertemente armada y están muy bien organizada. Es mediante la persuasión, pues, que hay que sacarlos de allí.

- Resultas enternecedor, Platón, pero así solo conseguirás que te maten.

- ¿Que me maten?

- ¿Recuerdas a aquel anciano que creíste haber escuchado alguna vez? Se llamaba Sócrates y fue el que me enseñó a mí, el que me ayudó a liberarme de mis cadenas. Convencido de que debía persuadir a cuantos pudiera para que le acompañasen en su misión de ampliar el conocimiento y desbancar del poder a la opinión, ensayó mil formas distintas de debates, discusiones, exposiciones… Al final, se dio cuenta de que lo más efectivo para romper el ritmo y las rimas de los poetas, de quienes no paraban de hablar de nada haciéndose pasar por sabios de todo, eran las preguntas. El adormecedor hechizo de las palabras que otros ponen en nosotros queda fulminado ante las buenas preguntas: de repente, el que parecía ducho en una materia se demuestra un ignorante. Hasta tal punto entendió Sócrates que ese era el camino, que incluso se paseaba entre la muchedumbre preguntando qué era un zapato, trataba tozudamente de rescatar a la gente de la opinión que todo lo disuelve y mezcla, tratando de sustituir dogmas por conocimientos y voluntad de verdad. El resultado me estrangula el corazón: la propia gente, en asamblea, decidió matar a Sócrates para poder seguir viendo la pantalla con tranquilidad. No es simplemente una cuestión de persuasión y por tanto de voluntad, es también una cuestión de educación. Y resulta mucho más difícil y peligroso tratar de educar a quien cree que sabe que a quien tiene claro que no sabe. Ahí abajo, Platón, apenas encontrarás amigos, pero sí muchos enemigos. Las creencias y las opiniones, desligadas del saber, son todas miserables y, las mejores, son irremediablemente ciegas. Y además son osadas: no hay como la seguridad que da la ignorancia. Recuerda, ignorante no es quien hace preguntas porque todavía no sabe, sino quien no las hace porque cree que sabe. Es mucho más cómodo dejarse llevar por la corriente que nadar contra ella, y allí abajo la corriente es claramente adversa, es el reino de las sombras. Ay de aquel que trate de decirle al súbdito de la apariencia que abandone la tranquilidad de la ignorancia y se aventure, como ser libre, en el terrorífico mundo de lo desconocido. Como el conejo que creció en una jaula durante toda su vida, la multitud tiembla ante la ausencia de barrotes.

- Pero bueno Amaranta, todo esto que me acabas de decir sobre la gente de las butacas y Sócrates, ¿acaso no nos convierte en locos? Quiero decir, ¿qué derecho tenemos a proponer a esa gente un cambio de vida? ¿Acaso no es justo lo que democráticamente decidan que es justo, como matar a Sócrates por andar molestando a la gente?

- Si así fuese, Platón, no podríamos hablar de nada en general. Si lo que es justo, lo que es verdad, lo que es bello o lo que es bueno dependiera de lo que opina la gente, ¿no sería lo mismo que decir que lo bueno, lo justo, lo bello y lo verdadero equivalen a la opinión del que más habla, del que con más soltura lo hace o de quien controla los medios de comunicación? No habría conocimiento entonces, solo opiniones más o menos compartidas, mentiras consensuadas, experiencia práctica y, alguna que otra vez, acierto por obra del azar. No, aquí no se trata de defender un concepto de justicia que nos venga bien porque somos los mandatarios, o que nos reporte beneficios porque somos empresarios ambiciosos, sino una idea de justicia que valga tanto ahora como dentro de cien años. Que le valga a un gallego tanto como a un espartano. La razón nos habla a nosotras de la misma manera que hablará a las personas en el futuro y de la misma manera que hablaba a las del pasado. Nadie tiene derecho a decir que si hubiese nacido dos siglos después no hubiese sido racista, o machista. Respecto al racismo y al machismo, la razón siempre ha dicho lo mismo. Si vemos el mundo con los ojos de la razón, a la luz de la verdad y la justicia, y no con nuestros ojos particulares atravesados de nuestros dogmas y prejuicios, machismo y racismo resultan intolerables. Ayer, hoy y mañana.

- Y sin embargo, mucha gente sigue siendo racista y machista.

- Sin duda, Platón, pero ya no como antes. Antaño uno podía defender públicamente que era racista y machista, pero hoy, gracias al progreso forzado por movimientos antirracistas y feministas, sólo pueden hacerlo contra la razón, a contrapelo. Cuando la razón, la verdad y la justicia se pronuncian y germinan en la historia, esta difícilmente puede mirar para otro lado. Eso no significa que no se pueda restablecer la esclavitud o distintos modelos patriarcales, pero el hecho de que la mayoría sea machista, o de que vuelva a instaurarse la esclavitud con otro nombre, no impugna la idea de que no se puede tolerar, no impugna lo que nos dicta la razón. Hay cosas que son reales pero que son imposibles moralmente, inadmisibles. También cosas no reales (por ahora) que sin embargo son necesarias en términos morales. Y como somos seres libres, es decir, algo más que un mero efecto de nuestro ser hombres o mujeres, altos o bajos, empresarios o trabajadores…, podemos decir que no hay derecho a que las cosas sean como son. Independientemente de que, hasta donde conocemos, siempre hayan sido así.

- Fascinante. Pero no creo que a todo el mundo le guste lo que acabas de señalar. Especialmente a los defensores del relativismo. Ya puedo imaginarlos vituperándote a ti y a cualquiera que comulgue con tus ideas. Cuando vuelva allí abajo, lo más probable es que me encuentre solo. Porque si lo que dices es cierto, Amaranta, nadie puede cambiar con simples lecciones de moral un carácter fijado de antemano por las opiniones dominantes, por ese rumor constante y cotidiano de infinito eco que, pese a aparentar conflictividad, resulta ser del todo consensual. Si lo que estamos haciendo aquí es “filosofía”, amar el saber, lo que se practica en la caverna sin duda es filodoxia, amor por la opinión. Su lema, “soy libre de opinar cualquier cosa”, es el enemigo de la filosofía. Ese “cualquier cosa” destroza la naturaleza filosófica, es un puente que nos permite evitar el procedimiento racional y nos habilita, a su vez, para ser todo lo incoherentes que nos dé la gana, para huir siempre hacia delante sin pararnos a respetar ningún principio de valor universal. Ahí abajo no se puede ni defender que dos más dos suman cuatro sin que alguien te interrumpa diciendo que no está de acuerdo, que su opinión difiere y que exige una votación para definir qué es cierto y qué no. La verdad íntima les importa un rábano, no son más que sofistas y sicofantes.

- Cuidado Platón, porque si bien llevas razón, no debes olvidar nunca que esa gente de ahí abajo es tu gente, y que son iguales a ti. Por el motivo que sea tú estabas más predispuesto a aprender y a cambiar que la mayoría, pero eso no quita que ellos y ellas se merezcan a alguien que les muestre la puerta.

- Y tanto que lo merecen, que estén ahí abajo atados me indigna, pero no me hace considerarlos enemigos. Antes al contrario: en la guerra de la luz de la razón contra la oscuridad de la opinión, la gente es potencialmente tanto aliada como enemiga. Dicho de otra forma: las cualidades que hacen al filósofo, que habitan en todas las personas, se tornan en su contrario desde el momento en que son cautivas de un medio podrido. Nuestro problema, el de toda la humanidad, no es con esa gente, sino con una estructura social y de pensamiento que permite que la opinión haga las veces de verdad. Esa es la batalla fundamental.

- En efecto, Platón. Y es la primera y más esencial de las batallas políticas: la lucha por el significado. Primera y esencial porque aquello que estructura nuestro mundo, la semilla del conocimiento, de las leyes y las instituciones, son los conceptos. Dependiendo de lo que entendamos por verdad, por justicia, por ser humano, democracia, derecho, ley… diseñaremos un sistema u otro, votaremos a unos u a otros, nos posicionaremos en un bando o en el otro. ¿Qué creías, Platón? La filosofía es desinteresada, su única meta es el saber, la verdad por la verdad. Pero hasta la verdad necesita de alguien que la materialice, ella sola no se explica, no se habla, no se da a conocer ni se hace respetar. Por otra parte, la Verdad no suele ser neutral… Sabiendo lo que ahora sabemos, Platón, ¿te parece correcto o virtuoso que gobierne un líder de opinión, es decir, aquel que ha convencido a la mayoría de que es el adecuado?

- De ninguna manera, pero que sepa a quién no quiero como gobernante, no significa que tenga claro quién debe gobernar. ¿Todos y todas, quizá?

- No vas desencaminado. Imagina, Platón, que el Estado es un gran navío. En él encontramos carpinteros, marineros, cocineros, costureros… y un timonel. Imagina ahora que ese timonel alberga, gracias a su experiencia previa, algún débil conocimiento acerca de vientos, de mareas, de caladeros y de estrellas. Más mal que bien, es capaz de llevar la nave a puerto, de la misma manera que quien no sabe es capaz de acertar por casualidad. Pero, lamentablemente, está quedándose cada vez más ciego: cree que ya sabe todo lo que tiene que saber y confunde su opinión, basada en una mezcla de prejuicios y experiencias, con la verdad. Vista su incompetencia, marineros, cocineros, carpinteros y demás tripulantes comienzan a pelear entre sí para deponer al timonel y ocupar su lugar. La opinión general es que no es necesario poseer más conocimientos que los que ya se tienen para dirigir el barco. Es más, todos acordaron que aquel marinero que gritaba y vociferaba más y más alto era el mejor candidato a timonel. Pensaban que tener el consentimiento o el apoyo de la mayoría era más que suficiente, inútil tener ideas y peligroso, motivo de desconfianza, tener conocimientos. Así que una camarilla de marineros, la más resuelta, definitivamente consigue expulsar al anterior timonel y poner a su amigo en su lugar. El resultado no puede ser otro que el esperado, salvo que la fortuna interceda, pero ningún gobernante sensato ha de depender de la fortuna que no nace de sus propias virtudes e instituciones: el barco encalla y se pierde la mercancía y la vida de muchos de los marineros. Ahora imagina que, en medio de todo este caos, aparece un auténtico amante de los saberes, un filósofo, un aspirante a capitán que cuenta con un buen conocimiento teórico y cierta experiencia en la navegación, que sabe de corrientes, vientos y mapas de las estrellas. ¿Cómo crees, Platón, que va a tratarle la camarilla de marineros que se ha hecho con el timón, así como todos sus partidarios y aquellos que se dejan llevar por la aparente mayoría? ¿Acaso no tacharán a nuestro filósofo de dogmático, de populista, de arcaico e incluso de totalitario? ¿Acaso no acabarán eliminándolo, al menos de la vida política?

- Ciertamente lo intentarán, Amaranta. Pero tiene algo de sentido: ¿qué pinta un filósofo dirigiendo una nave?

- Puesto que la nave representa en este relato al Estado, la pregunta más bien debería ser al revés: ¿qué pintan en su gobierno los que no son filósofos? Cuidado: filósofo o filósofa es aquella persona que trata de ofrecer explicaciones racionales, coherentes y ordenadas sobre el mundo y aquello que lo estructura. Y esta pretensión, además, ha de estar guiada siempre por el Bien, esto es, la combinación entre Verdad y Justicia. Dime, Platón, ¿puede haber persona más capacitada para saber qué está bien y qué mal, qué es correcto y qué incorrecto, qué es justo y qué injusto, y para obrar en consecuencia, que un filósofo o una filósofa, según esta definición que hemos dado?

- No, desde luego. Si filósofo o filósofa es quien piensa y obra así, sin duda deberían ser quienes llevasen el timón.

- En efecto. Y ahora respóndeme a esto: si el filósofo debe gobernar porque es quien tiene por guía la verdad y la justicia, porque es el más capacitado para obrar acorde a estas Ideas, ¿al final, quién gobernaría?

- La Justicia, la Verdad, el Bien.

- En efecto, Platón. Sería el gobierno de todos y de nadie, el gobierno de cualquiera, el gobierno de la razón. El único marco en el que ese experimento llamado democracia podría funcionar: vaciaría de tronos y de templos la plaza pública para que fuese la propia ciudadanía la que ocupase ese espacio y así deliberar, en condiciones de igualdad, sobre cómo proceder, qué leyes elaborar, qué instituciones levantar… Para formar lo que algunos llaman la “voluntad general”, esto es, la voluntad que surge del cuerpo social cuando este se reúne en condiciones de igualdad para, mediante la razón, decidir los pasos a seguir.

- Es decir, Amaranta, que la idea final es simplemente poner el mundo a la altura de tres conceptos, tres Ideas: Verdad, Justicia y Belleza. O como les gusta decir a los modernos: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Pues para ese proyecto, cuenta conmigo.


- Bienvenido a la revolución, Platón.



miércoles, 29 de abril de 2015

El Gran Incendio de Londres

En septiembre de 1666 la capital inglesa sufrió el peor incendio de su historia. El fuego arrasó una gran sección de la ciudad, reduciendo a cenizas casas, iglesias y negocios de toda índole. La City prácticamente desapareció por completo, dejando sin hogar a más de 100.000 personas. Pero sobre las cenizas de este barrio se llevará a cabo una reconstrucción moderna y racional, que pondrá a Londres a la cabeza de las ciudades europeas de su tiempo.

Una mala racha

Londres sufrió mucho aquel año, pero eso era algo a lo que los ingleses ya estaban acostumbrados desde hacía mucho tiempo. El país apenas se había recuperado del horror desatado por la peste, una epidemia que se propagó como consecuencia de la proliferación de pulgas y ratas negras, y que durante años había asolado ciudades de Inglaterra y toda Europa. Se calcula que Londres perdió entre 70.000 y 100.000 almas a causa de la plaga. Por otra parte, la inestabilidad política vivida durante las décadas anteriores a 1666 fue del todo abrumadora: tres guerras civiles, un rey decapitado y un tumultuoso periodo republicano.

Londres había empezado a recuperar parte de su esplendor tras tantos años de ruina y conflicto. El rey Carlos II hacía poco que se había instalado de nuevo en su palacio de Whitehall, y con él volvieron los nobles de la corte, muchos de los cuales habían huido de la abarrotada urbe por temor a quedar infectados por la peste. A pesar de las enconadas quejas de los predicadores católicos y protestantes, los teatros y las tabernas volvieron a llenarse, consiguiendo que el populacho londinense olvidara parte del sufrimiento acumulado durante años. Parecía que la ciudad empezaba a recuperarse cuando el 2 de septiembre, poco después de medianoche, empezó a arder una panadería en Pudding Lane, una calle cercana al río Támesis.

Se desata el infierno

Todo empezó en el negocio de Thomas Farriner, un humilde panadero que durante toda su vida siguió repitiendo que no se había olvidado de apagar el horno aquel día. El edificio ardió con fuerza y pronto afectó a las plantas superiores. La familia consiguió salvarse saltando a un tejado contiguo desde una ventana. La criada, paralizada por el miedo, no reunió el valor suficiente para hacer el salto y murió cuando fue alcanzada por las llamas. El Gran Incendio de Londres se había cobrado su primera víctima.

Desarrollo del incendio por el barrio de la City

Las llamas no tardaron en afectar a los edificios colindantes. La City era un barrio viejo, de calles muy estrechas, irregular y comprimido por las murallas. Las residencias, de madera y paja en su mayoría, se hacinaban unas con otras. Pese a que estaban prohibidos por las autoridades municipales, abundaban los jetties: edificios con una parte superior más ancha que la inferior, que prácticamente se juntaban con los de la acera de enfrente.

Lo habitual cuando se desataba un incendio era tocar las campanas de la parroquia más cercana, que también servía como almacén donde se guardaban los útiles para incendios. Eran los propios vecinos quienes debían de ocuparse de su extinción. Si los cubos de agua no podían detener las llamas, lo más recomendable era demoler una hilera de edificios tratando de hacer un cortafuego. Para ello se utilizaban hachas y unos ganchos especiales conocidos como firehooks. Lamentablemente, los vecinos de Pudding Lane se vieron enfrascados en una trifulca sobre qué edificios debían ser derribados. Nadie quería arriesgarse a perder su casa si las llamas eran finalmente controladas, y después de todo, los incendios en un barrio con esas características no eran del todo inusuales. Ante la falta de iniciativa, recayó la decisión sobre los derribos en la mayor autoridad civil de la ciudad, el Lord Mayor de Londres, sir Thomas Bloodworth.

El alcalde, molesto por lo engorroso del asunto, no quería mojarse con la decisión y verse en un posible pleito con los dueños de los inmuebles si luego las demoliciones, finalmente, resultaban innecesarias. Optó por minusvalorar la situación, desoyendo los consejos de los voluntarios contra incendios más experimentados, y evidentemente las consecuencias no tardaron en aparecer. Para la madrugada, gracias a la acción del viento que las azuzaba, las llamas ya se habían propagado sin freno alguno.

Conocemos todos estos detalles gracias a Samuel Pepys, cronista de la Inglaterra del siglo XVIII y funcionario de la Marina, que acabó por convertirse en uno de los principales actores en los sucesos de aquel escenario de pesadilla. Despertado forzosamente por su criada mientras estaba en la cama, nada más enterarse de lo que estaba ocurriendo, tomó una barca y navegó por el Támesis directo a la zona del incendio. Sus ojos pudieron ver como la gente bloqueaba las calles y la orilla del río tratando de salvar sus pertenencias, sacándolas a duras penas de unos hogares que daban ya por seguro calcinados. No podía creer lo que estaba pasando: nadie intentaba apagar el fuego.

Samuel Pepys puso rumbo a Whitehall, el barrio de la corte, donde informó de lo que estaba ocurriendo. Carlos II, preocupado por la gravedad de la situación, lo envió de vuelta a la City con un mensaje claro para lord Bloodworth. Debía ordenarle que se iniciaran inmediatamente las labores de demolición. Pepys se encontró con un Lord Mayor sobrepasado por la situación, histérico al ser consciente de su terrible error, y que era testigo de cómo las labores de extinción poco podían hacer ya por detener aquella calamidad. Al día siguiente, por orden del rey, el duque de York tomó el mando de la ciudad.

Entre los días 2 y de 5 septiembre, Londres vivió una pesadilla. Para los equipos de bomberos era prácticamente imposible llegar a los focos más activos. Las multitudes se agolpaban en las calles impidiendo el paso. Acceder al agua, a pesar de la cercanía del río, era una tarea de titanes. Los aterrados ciudadanos londinenses se refugiaban en las iglesias, esperando que sus paredes de piedra les salvaran de las llamas, para más tarde abandonarlas al darse cuenta que tampoco eran seguras. Por las calles empezaron a verse linchamientos de católicos y extranjeros, a quienes se tenía por culpables. Se sabe que muchos de ellos se ampararon en la casa del embajador español, el conde de Molena, quién consiguió salvarles de ser apaleados hasta la muerte. El viento y el efecto chimenea, favorecido por la estrechez de las calles, extendieron el siniestro en todas direcciones, afectando infinidad de inmuebles.

El Gran Incendio de Londres, obra del pintor Philippe-Jacques de Loutherbourg.

Las consecuencias

A última hora del 5 de septiembre, el viento dio finalmente un respiro, y se consiguió poner fin al incendio. El panorama era completamente desalentador. Un total de 26 barrios habían sido afectados, 15 de los cuales quedaron totalmente arrasados y de otros 8 apenas quedaba nada en pie. Se había quemado una superficie total de 1,8 kilómetros cuadrados, donde ardieron más de 13.000 casas, 87 iglesias (incluida la catedral de San Pablo), 52 sedes gremiales, e importantes edificios como la Bolsa. Decenas de miles de personas quedaron sin hogar o en una situación desesperada. Muchos lo perdieron todo, quedando completamente arruinados al perder sus pertenencias y negocios. Una buena parte de ellos no pudo recuperarse jamás, hasta el punto que se tuvieron que ampliar las prisiones para albergar a todos aquellos que no pudieron pagar sus deudas (muchos contratos obligaban al inquilino a seguir pagando aunque la casa no existiese). Curiosamente, a pesar de la cantidad de daños, el número de víctimas fue mínimo. Murieron entre 5 y 9 personas si atendemos a las fuentes, aunque se sospecha pudieron ser más si tenemos en cuenta que muchos cuerpos quedarían completamente calcinados por las llamas. A pesar de todo, era una cifra completamente insospechada tratándose de una zona tan densamente poblada.


En cuanto a las labores de reconstrucción, la tarea recayó en Christopher Wren, el arquitecto favorito de Carlos II. Sus primeros planos muestran el diseño de una ciudad completamente distinta. Una estructura radial con varias plazas y amplias avenidas, un adelanto del urbanismo de los siglos XVIII y XIX. No obstante, estos diseños no fueron aceptados por ser demasiado modernos, prefiriéndose reconstruir el plano original aunque con un buen número de mejoras. Se regularon por ley todo tipo de detalles arquitectónicos: la calidad de los materiales, la altura de los muros, las distancias entre edificios, etc. Se creó la Fire Court, institución que debía resolver los procesos judiciales entre dueños y arrendatarios. Aparecerán las primeras compañías de seguros con equipos de bomberos profesionales. La reconstrucción, entre otras cosas, obligó a despejar las orillas del río para evitar que éstas quedaran colapsadas por el fuego si un incendio así volvía a repetirse. Con el tiempo, las calles de la City volvieron a recuperarse. El mayor proyecto de Wren, sin embargo, fue devolver a la catedral de San Pablo su dignidad. El estilo gótico del viejo templo ya no volvería a verse dibujado en el perfil de Londres. Aquella era una nueva ciudad.

sábado, 25 de abril de 2015

Los Caballeros de Malta

En 1530 la orden de los Caballeros Hospitalarios hizo de Malta su nueva sede. Estos guerreros-sacerdotes llevaban más de siete años vagando sin rumbo por el Mediterráneo, expulsados por los turcos del que fue su anterior hogar, la isla de Rodas. Su peregrinaje acabó el día en el que el emperador Carlos V les ofreció Malta como un nuevo lugar donde asentarse, lejos de las cortes europeas y cerca del enemigo musulmán, en pleno corazón de un mar infestado de piratas berberiscos. Carlos V había obtenido este archipiélago como parte de su herencia aragonesa, pero al tratarse de un lugar árido, incomunicado y pobre en recursos, no tuvo problema en desprenderse de él si con ello conseguía un nuevo aliado contra el Islam. No obstante, el Emperador se negó a vender las islas a sus nuevos habitantes, otorgándoselas no como propiedad sino como feudo. Los caballeros a cambio no tuvieron que jurar fidelidad al Habsburgo, manteniendo su máxima fidelidad ante el Papa y evitando así entrar en el conflicto político desatado entre católicos y protestantes. Este compromiso quedaría sellado con un curioso pago: los Caballeros de Malta debían entregar a la casa de Austria un halcón entrenado al año. Había nacido el famoso tributo del Halcón Maltés.

El archipiélago otorgado se encuentra a unos cien kilómetros al sur de Sicilia y a unos trescientos de la costa de África, prácticamente en el centro del eje este-oeste del Mediterráneo. Está compuesto por las islas de Malta, Gozo y Comino, a las que se suman algunos islotes de menor importancia. Como hemos comentado anteriormente, se trataba de un lugar duro donde asentarse, pero los hospitalarios llevaban medio siglo batallando contra el Islam, y no iban a dejar de hacerlo por inhóspito que fuera su nuevo hogar. Durante los 268 años que estuvieron al mando del archipiélago, los caballeros se prestaron de corazón a las islas y a su cometido como soldados de la cristiandad. Fue tal obstinación con la que se entregaron a su misión, que la institución de la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén y de Rodas, pasó a ser conocida por todos a partir de entonces como la Orden de Malta.

El Caballero del Reloj, obra del maestro Tiziano

Los orígenes en Tierra Santa

Esta hermandad fue fundada por mercaderes italianos (concretamente de la República Marinera de Amalfi) en Jerusalén en el año 1048. Su presencia en Tierra Santa sirvió para ofrecer servicios médicos y hospedaje a los numerosos peregrinos que visitaban estas tierras. Fueron las autoridades del califato egipcio las que permitieron a esta comunidad dinástica fundar su primera sede. Se trataba de una iglesia, un convento y un hospicio-hospital situados en las inmediaciones del Santo Sepulcro y consagrados a san Juan Bautista.

Con el tiempo, y tras la toma de Jerusalén por los cruzados cristianos, la orden reforzó su presencia. Amparados bajo la protección papal, los sanjuanistas crecieron en número y autonomía. Los monjes abrazaron la regla agustina o agustiniana, haciendo votos de pobreza y castidad. Fue entonces cuando tomaron el hábito negro al que después se añadirá la tan célebre cruz como enseña (más tarde también utilizarán el rojo). Será Raimundo de Puy, quién tras tomar los mandos de la orden, decida adoptar el título de gran maestre, militarizando la hermandad para proteger por el camino de las armas a peregrinos y santos lugares por igual. Los hospitalarios, en su nueva función como monjes guerreros, tuvieron a bien subdividir la comunidad entre aquéllos que luchaban y quienes celebraban misa y cuidaban de los enfermos; de este modo quienes hacían correr la sangre no podían oficiar la liturgia.

Los hospitalarios llegaron a poseer una considerable fortuna. Su presencia no sólo era fuerte en Tierra Santa, donde se encontraban los famosos hospitales de Jerusalén y San Juan de Acre, sino que también poseyeron conventos en numerosas ciudades europeas.

Nuevos destinos para la orden

Tras años de amargas guerras los reinos latinos acabaron cayendo ante la espada del Islam. Tierra Santa ya no pertenecía a la cristiandad, y los hospitalarios, al igual que el resto de las huestes cristianas fueron definitivamente expulsados en el año 1291.

En un principio se pensó en Creta como lugar donde establecer de nuevo la sede, pero finalmente optaron por unirse con los Templarios en Chipre. Lamentablemente para ellos, esta isla será su hogar durante poco tiempo. La presencia de estas órdenes generó fuertes tensiones entre ellas y el monarca latino. Al fin y al cabo, su autonomía y poder político eran un escollo importante para los poderes laicos de la isla. Templarios y Hospitalarios optarán por abandonar Chipre, encaminándose los primeros a Europa, mientras que los segundos prefirieron quedarse en Oriente Próximo.

En 1310, los Hospitalarios invadieron la cercana isla de Rodas, la cual estaba en manos no de sus enemigos musulmanes sino de cristianos ortodoxos dependientes de Constantinopla. Durante algo más de dos siglos se convirtieron en un estado soberano de facto. Pasaron a llamarse caballeros de Rodas, y el gran maestre se convirtió también en príncipe. 

A partir de entonces la orden se convirtió en un auténtico dolor de muelas para los musulmanes. La isla se convirtió en un bastión fuertemente militarizado desde donde pudieron intervenir en numerosas campañas como las que se desarrollaron en Siria o Egipto, mientras que su flota se dedicó a entorpecer la navegación y el comercio musulmán en aquellas aguas del Mediterráneo. Pero todo aquello atrajo las iras de los sultanes mamelucos de Egipto, quienes trataron de conquistar la isla en más de una ocasión. 

Fueron los otomanos quienes sí lograrán expulsar a los caballeros de Rodas. En 1522, el sultán Solimán el Magnífico envió a la isla una poderosísima flota de más de 400 naves en la que iban embarcados más de 200.000 soldados turcos. Los caballeros trataron de hacer frente a este enemigo como lo habían hecho con anterioridad, pero esta vez fueron incapaces de repeler el ataque y, tras un largo asedio, tuvieron que capitular. Solimán supo admirar el arrojo y la tenacidad con la que los caballeros defendieron su fortaleza, por lo que optó por permitirles evacuar la isla llevándose todos sus tesoros y bienes con ellos. 

Y entonces llegó Malta

De este modo llegamos al punto de inicio de esta entrada. Los caballeros, habiendo sido expulsados de Rodas, necesitaban encontrar un nuevo lugar donde asentarse. Y gracias a Carlos V y por el precio de un halcón al año sabemos que lo hicieron en Malta. Rápidamente transformaron la isla en un nuevo bastión. Sabían que Solimán no tardaría en volver a por ellos puesto que, pese a haber demostrado ser un hombre de honor, no dejaban de ser sus enemigos.

La expansión de los turcos por el Mediterráneo no tardó en llegar a Túnez, lugar desde donde empezaron a enviar incursiones contra la cercana Malta. Fue en 1565 cuando los musulmanes llevaron a cabo la peor de todas ellas, aunque no se trataba exactamente de una incursión, sino de una invasión en toda regla. Cuentan los cronistas que una mañana de aquel año “una masa de velas blancas cubría el horizonte”, iniciándose así el célebre Gran Sitio de Malta. Durante cuatro meses, los caballeros resistieron contra un enemigo que les triplicaba en número, completamente aislados, y en un momento de gran precariedad económica. Poco a poco fueron perdiendo varias plazas fuertes y pronto los muertos llegaron a miles. Pero cuando todo parecía perdido y la derrota se dibujaba como segura, los refuerzos enviados por la Monarquía Hispánica desde la cercana Sicilia tornaron la situación del enfrentamiento. Pocos años después, en el año 1571, la batalla de Lepanto terminará por frenar el empuje turco en el Mediterráneo. Los caballeros de Malta habían salido victoriosos, y su heroísmo les granjeó grandes apoyos en toda Europa. 

El Sitio de Malta

Fundaron y bautizaron La Valetta en honor del gran maestre que los había llevado a la victoria. Fue durante años la ciudad portuaria mejor fortificada de Occidente. Una ciudad moderna y planificada, pensada para la guerra, y que se diseñó para ser una fortaleza inexpugnable en mitad del Mediterráneo.

Sin embargo, nunca tuvieron que volver a hacer frente a un verdadero conflicto. Malta vivió décadas de relativa paz y con ella llegó la prosperidad económica. En este momento, empezaron a retomar con fuerza su ya famosísima asistencia médica y comenzaron a erigir palacios e iglesias de gran belleza y ostentosidad. Los grandes maestres se convirtieron en mecenas de las artes y convirtieron a Malta y las otras islas en un lugar a la altura del resto de las ciudades europeas. De los 15.000 habitantes que se calcula tenía el archipiélago a la llegada de los caballeros, pasarán a ser 84.000 cuando éstos se vean obligados a abandonar la isla.

La Valetta

Nuevamente expulsados

Para el año 1798, las cosas habían cambiado mucho. La orden era demasiado anacrónica para los nuevos vientos que corrían por Europa. La población de las islas, empapada por las ideas llegadas desde la Francia Revolucionaria, demandaba mayores libertades. Los aristocráticos caballeros, fieles a las prácticas despóticas, vieron como Malta se les escapaba de las manos. La desunión entre los hermanos de la orden se hizo presente. Muchos, especialmente los de origen francés, acabaron por apoyar a Napoleón Bonaparte cuando éste decidió hacerse con las islas de camino a su campaña en Egipto.

La mayor parte de los hospitalarios acabaron por viajar a Europa, sobre todo a las ciudades italianas. Tras un tiempo acabaron por instalarse en Roma en el año 1834, manteniendo su territorialidad únicamente en el Palacio Magistral y en las embajadas diseminadas a lo largo del mundo. A partir de entonces, los deberes de la orden se limitaron a la asistencia médica, social y religiosa.

Hoy en día la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta está integrada por más de 12.000 caballeros y damas, manteniendo relaciones diplomáticas con más de un centenar de estados. Es además observadora permanente en la ONU y la Comisión Europea. La orden, en definitiva, ha vuelto a sus orígenes: las labores humanitarias.

jueves, 23 de abril de 2015

La Gorgona

Terracota del templo de Atenea
en Siracura, circa 570 a. C.
Ya llevamos varias semanas con el blog y nos parecía necesario hacer una entrada en la que hablásemos de la titular del mismo. Conversando con distintas personas sobre el blog nos decían que les gustaba mucho pero que no sabían quién o qué era esa “Gorgona”. En cuanto les mencionabas el nombre de Medusa les desaparecía esa duda y sus ojos se abrían en señal de asombro: “¿Es qué tenía dos nombres?”, alguno nos preguntó. La verdad que no es raro, ya que pocas veces se cuenta que Medusa era una Gorgona. Hoy queremos aclarar quienes eran.

A todos los héroes se les mide por la fuerza y la crueldad de sus enemigos. Siempre nos centramos en la vida y gloria de los primero mencionando a los segundos solo cuando se cruzan en la vida de los héroes, dejando de lado los orígenes y vida de los que al final serán vencidos. En nuestro caso Perseo se enfrentó a distintos monstruos (los cuales veremos a lo largo de distintas entradas), pero el enfrentamiento por el que es recordado es el de la Gorgona Medusa.

Las Gorgonas era tres hermanas, hijas de Forcis y Ceto (hijos a su vez de Gea y Ponto), inmortales dos de ellas; pero la tercera, Medusa, nació mortal. En la Teogonía tenemos un pasaje en el que se nos hablan de ellas:

Las Gorgonas que viven al otro lado del ilustre Océano, en el confín del mundo hacia la noche, donde las Hespérides de aguda voz: Esteno, Euríale y la Medusa desventurada. Esta era mortal y las otras inmortales y exentas de la vejez las dos. Con ellas solo se acostó el de Azulada Cabellera –Poseidón- en un suave prado, entre flores primaverales. Y cuando Perseo le cercenó la cabeza de dentro brotó el enorme Crisaor y el caballo Pegaso. (Teogonía 274/281)

La imagen que ha sobrevivido en el imaginario colectivo de las Gorgonas no es la que se tenía en la antigüedad arcaica. Aparecen representadas con la cabeza llena de serpientes con una mirada y boca terrorífica. Cuando se muestran de cuerpo entero están corriendo con una postura característica: de frente y con una de las rodillas dobladas casi en la tierra. Tienen alas y se puede ver el horror en sus rostros: dientes afilados en una boca abierta de la que cuelga una enorme lengua. Los ojos desmesuradamente abiertos, casi desencajados.

Cuando solo se representaba la cabeza (denominada Gorgoneion), como figura apotropaica (figura de carácter mágico que aleja el mal o propicia el bien), ya que la mirada de las gorgonas convertían en piedra y hacían huir. Esta característica hacía que fuese común su uso en la decoración de los escudos de los guerreros o en la égida (coraza), igual que la de Atenea, que colocó la mismísima cabeza de Medusa entregada por Perseo.

Vasija, del tipo dinos, decorado con figuras negras (600-580 a. C.)
A la izquierda aparece Medusa decapitada mientras sus dos hermanas persiguen a Perseo.
En las representaciones iconográficas es común encontrar el momento de la decapitación desde el año 670 a. C. El uso del Gorgoneion se remonta a la misma época en la ciudad de Corinto, muy vinculada a este mito, ya que el emblema de la ciudad era Pegaso, que brotó del cuello cercenado de Medusa junto con Crisaor (gigante de figura humana), ambos fecundados por Poseidón. Esta imagen terrorífica irá suavizándose con el paso del tiempo. Ya en el 490 a. C. en una de las odas de Píndaro se la define como la “Medusa de bellas mejillas”, muy alejado de las imágenes arcaicas.

Ya en época romana, en la narración del mito realizada por el poeta Ovidio, Medusa era una hermosa joven, sacerdotisa del templo de Atenea. Tras ser violada por el Poseidón, la enfurecida diosa transformó los cabellos de la joven en serpientes maldiciéndola.

Respecto al enfrentamiento con Perseo nos haremos eco en otras entrada cuando hablemos de las hazañas del héroe. 

La Ruta de la Seda

Pocos bienes de lujo son tan universalmente conocidos como lo es la seda. Fueron los chinos, en torno al año 2500 – 2000 a.C, quienes adquirieron los conocimientos y la técnica necesarios para trabajar las preciadas fibras producidas por el Bombyx mori o “gusano de seda”. Gracias a sus cualidades únicas, estos tejidos pronto se convirtieron en objeto de deseo para reyes y nobles de todo tipo y condición. La escasez de su producción, combinada con la increíble demanda, dio lugar a un provechoso negocio que perduró durante siglos a pesar de los innumerables peligros que corrían aquellos que decidían enriquecerse con este intercambio. Un comercio que floreció uniendo Oriente y Occidente a través de una larga ruta que en su momento de mayor extensión llegó a tener más de ocho mil kilómetros de largo.

Ruta de la Seda 300 a. C. - 100 d. C.

Los orígenes de la ruta se remontan al período en torno al año 2000 a.C, cuando los chinos establecieron varias vías de comunicación con las regiones más orientales de Asia central, en lo que hoy es la región autónoma de Sinkiang. La abundancia de jade, un mineral altamente codiciado por los emperadores, atrajo el comercio entre estas dos regiones, y sirvió como comienzo de un futuro intercambio mucho más enriquecedor.

Las conquistas de Alejandro Magno, de quién ya hemos hablado con anterioridad en este blog, permitieron unir aquellas vías de comunicación con el mundo mediterráneo. Recordemos que su imperio se extendía desde Grecia y Egipto hasta Bactria, en el actual Afganistán, y el norte de la India; por lo que gracias a su inmensa extensión pudo establecerse la comunicación entre los mundos oriental y occidental. Tras el Imperio de Alejandro y los distintos reinos helenísticos que fueron sus herederos, serán los romanos quienes recojan el testigo de aquella unión. Roma, señora indiscutible del Mediterráneo, sentía una atracción única por los productos orientales, especialmente por la seda. Ni si quiera la caída de la “Ciudad Eterna” detendría este formidable intercambio comercial, puesto que para entonces Constantinopla y el Imperio Bizantino ya se habían asegurado el control sobre esta inagotable fuente de riquezas.

Puede que la seda fuera el producto estrella de las numerosas caravanas que atravesaban los horizontes entre Asia y Europa, pero no era el único. Piedras preciosas como los diamantes o los rubíes, el satén o el almizcle también tenían una enorme demanda. Una demanda que por otra parte no era igual para unos y otros. Lo cierto es que si el intercambio era bilateral, era mucho más importante y lucrativo el que viajaba de Oriente a Occidente. El Imperio chino estaba más interesado en los bienes que se producían en la región de Asia Central que en lo que llegaba del Mediterráneo.

Hemos dejado claro que la ruta fue ante todo una vía comercial, pero no podemos olvidar que sirvió también como importante fuente de difusión cultural. Las vías abiertas por los mercaderes permitieron el traspaso de conocimientos, religiones y gustos estéticos. Así lo atestigua el arte grecobudista, uno de los ejemplos más bellos de la fusión que se produjo entre los dos mundos.

Representación de Hércules (dcha.) como guardián de Buda

Una odisea larga y difícil

Puede que parezca que hablamos de una única ruta de la seda, pero en realidad el camino podía variar en función de las necesidades. Hubo momentos en los que se necesitó variar su recorrido en función de la realidad política de los lugares que atravesaba, puesto que sólo los estados fuertes eran capaces de contrarrestar la acción de los bandidos. La competencia entre las caravanas podía ser feroz, y encontrar rutas más veloces podía acarrear el éxito o el fracaso de una expedición. Por otra parte, el destino de las rutas no era siempre el mismo. Muchas nunca llegaban a ver el Mediterráneo, terminando su periplo en alguno de los inmensos mercados de Asia occidental. Otras en cambio alcanzaban algún importante puerto como eran Alejandría o Antioquía, desde donde más tarde partían a Roma u otros lugares.

El viaje podía llegar a durar un año y el recorrido, muchas veces, llegaba a ser toda una aventura. Las barreras naturales se unían a las inclemencias de una climatología extrema. Los inviernos en la estepa asiática convertían el trayecto en una prueba que sólo eran capaces de superar aquellos que tuvieran una gran determinación.

Esta diversidad de rutas favoreció la aparición o el crecimiento de ciudades hasta entonces inexistentes o que apenas eran importantes. Al encontrarse en medio de aquella ruta estos asentamientos sacaron provecho de su ventaja estratégica. Eran elementos indispensables en la logística general de la vía y además servían como punto de intercambio comercial, donde los productos iban haciendo escala. Ciudades como Dunhuang, Samarcanda o Bujara construyeron un impresionante legado del que hoy en día aún podemos disfrutar.

Apogeo y caída

El período entre los siglos VII y IX fue el más esplendoroso que vivió la ruta de la seda. En occidente, el Imperio bizantino supo asegurar la supervivencia de las distintas vías comerciales haciendo de Constantinopla el puente entre los dos mundos, y garantizando que los preciados bienes llegaran a las aguas del Mediterráneo. En el otro extremo, la dinastía Tang de China, ejerció su dominio de forma estable, otorgando seguridad a las travesías que cruzaban la peligrosa Asia central.

Cuevas de Mogao en la ciudad china de Dunhuang

Será la llegada de los mongoles el punto que dé paso al episodio final de nuestra ruta y el comercio terrestre entre Oriente y Occidente. Pese a que el gusto por el comercio siguió presente entre los herederos de Genghis Khan, su expansionismo supuso una seria amenaza para Europa. Tras la disgregación del Imperio mongol, en el siglo XIV, el comercio se hizo cada vez más inviable. La posterior expansión turca y, sobre todo, la caída de Constantinopla en 1453, supondrán el punto final del vínculo comercial y cultural que había sido la ruta de la seda.

Europa hubo de recuperar el comercio entre ambos mundos mediante la navegación. El descubrimiento por parte de los portugueses del cabo de Buena Esperanza abrió una vía marítima entre el océano Atlántico y el océano Índico, lo que no hizo sino empeorar la ya maltrecha situación del comercio terrestre. Por otra parte, el secreto de la seda había dejado de ser exclusivo de Oriente, y Europa había empezado su propia producción, por lo que las especias se convirtieron en el nuevo producto estrella del continente asiático. Poco tiempo después llegarán los europeos a las costas americanas, y allí encontrarán un nuevo lugar donde saciar su apetito comercial y su gusto por lo exótico.


Puede que los viajes de la ruta de la seda hubieran llegado a su fin, pero su recuerdo es algo que difícilmente podrá olvidarse nunca. Sus vías comerciales siguen siendo usadas hoy en día para el intercambio mercantil entre los países de Asia central. La ruta de la seda será siempre la meta de aventureros de toda condición, su nombre ha trascendido en la Historia y nunca podrá dejar de ser lo que siempre fue: el camino que unía dos mundos completamente diferentes.

sábado, 18 de abril de 2015

Munera gladiatoria III: la Reforma Augusta

Escultura de Augusto
En las dos entradas publicadas anteriormente sobre el fenómeno de los munera gladiatoria constatamos su complejidad. Explicamos su desarrollo y naturaleza, concluyendo que tenían un gran valor en la cultura y la política romana, siendo una herramienta de romanización y de control de masas; un ritual que se transformó en un deporte “nacional” controlado por las autoridades romanas. En la última entrada planteamos que la fase de creación definitiva, su forma final, la estableció el prínceps Augusto, primer Emperador de Roma. Prometimos dilucidar la reforma augusta que el nuevo monarca acometió para institucionalizar un modelo de munus que será emulado ad infinitum por sus sucesores.

Durante el gobierno de la República, es cierto que existieron una serie de regulaciones o pautas que regían la gladiatura, normas que surgieron fruto de la práctica en sí misma, la costumbre o la tradición, y que fueron transmitidas por oralidad y por las representaciones artísticas sobre la atmósfera del munus. Pero existía una ausencia de codificación y uniformidad, cambiando las reglas en función de infinidad de variables, lo cual dificultaba un férreo control estatal de la organización admirativo/formal de los munera. Este problema, se subsanará con la llamada reforma augusta.

Tras la victoria sobre el célebre triunviro Marco Antonio en Accio, Augusto restauró los poderes de la República pero en la práctica fue acumulando prerrogativas especiales hasta acabar gobernando como un autócrata, provocando un cambio sustancial en el sistema político de Roma. El Emperador sería el único que ejercería el poder efectivo (Imperium). En consonancia con el nuevo proyecto de afianzamiento e imposición de su poder, Augusto, (que había demostrado sobradamente su genio político desde su juventud) recordó la importancia capital de los munera, su gran valor público y su popularidad aneja. Emprendió una verdadera política de juegos, celebrados con más frecuencia, variedad y magnificencia, encaminada a crear un elemento de construcción imperial, un deporte “nacional” que sirviese como herramienta de romanización y entretenimiento de masas; un resorte para sancionar su poder absoluto y llevar a cabo el proyecto de Pax Romana.

Pero para una instrumentalización óptima de los munera era indispensable crear un reglamento oficial, sancionado por el Emperador. Si bien no existió una ruptura con el pasado republicano, se dio un  paso trascendental en la codificación de los munera con la estandarización (eliminación o concreción de reglas contradictorias o ambiguas), mejora y compilación escrita de las prescripciones que iban a regir la gladiatura.

El problema recurrente para una buena reconstrucción, minuciosa, de la reforma augusta es, como en muchos otros casos, el límite fontal. Al no haberse escriturado la totalidad de la normativa, y al perderse muchas fuentes sobre la cuestión, los estudios sobre la reforma no son lo suficientemente completos para nuestro gusto. Ahora bien, permiten conocer las claves para entender el gran cambio que supuso la reforma. Hubo, entre otras de menor calado, dos medidas importantes que dotaron a los munera de una nueva organización: el munus legitimun y la abolición del munera sine missione.

El munus legitimun se refiere al procedimiento administrativo, procesal y formal de cómo se debe celebrar correctamente un munus. Dentro de esta medida se regulaba el cuándo, dónde, quién y cómo. Se especificaba cuantos días de munera al año estaban permitidos y los cargos públicos que tenían el privilegio de celebrarlos: los praetores sólo podían ofrecer dos (al año) mientras estuviesen en el cargo, con un máximo de 60 gladiadores por munus; los sumos sacerdotes del culto imperial en las provincias tenían la obligación de celebrar uno al año, sufragado por ellos mismos, comprando y  entrenado a sus propios gladiadores, como si fuesen meros lanistas; a los ciudadanos romanos más ambiciosos se les permitía tener participación en la celebración de munus pero de manera parcial, como inversores, sufragando parte del munus o proporcionando infraestructura para su celebración, a modo de beneficencia para la comunidad. Todas estas medidas iban encaminadas a fortalecer la figura del Emperador, que podía realizar munera a su antojo; además eran los más fastuosos y duraderos, quedando el resto de celebraciones ensombrecidas por la magnificencia de los munera augustos. Es más, para ahorrar costes y poder ofrecer cada vez más juegos, Augusto creó los ludi imperiales, verdaderas escuelas de gladiadores a costa del Estado romano, propiedad del Emperador, que disponía de ellos para su utilización en los juegos o para su venta a otros editores, sacando un gran beneficio. El munus legitimun cumplió su fin con creces.

Pollice Verso (1872), obra de Jean-Léon Gérôme.

Por otra parte, la segunda medida, la abolición de munera sine missione, era un paso lógico para beneficio de todos los actores que estaban embarcados en la compra-venta y entrenamiento de gladiadores; además permitió que el deporte generase sus propias estrellas, idolatradas por Roma. Vamos a explicarnos. Existían dos modalidades de combates con el nombre munera sine missione, cada cual más contraproducente para el negocio: en una de ellas se daba la ausencia de la missio para el gladiador vencido, es decir, el perdón o la gracia para el derrotado (ejecutado por el vencedor); la otra modalidad, mas ruinosa, consistía en una concatenación de combates donde el vencedor tenía que volver a pelear hasta quedar sólo un gladiador vivo. El vencedor, al tener que volver a luchar de forma inmediata, acusaba cansancio y heridas, lo que le daba pocas probabilidades de victoria. Estas prácticas tenían múltiples inconvenientes, y no sólo de carácter económico. Desde luego, suponía una ruina constante para el editor pero, además, se le restaba protagonismo, y también al público, ya que no se interrogaba sobre el destino del vencido; por no hablar de lo menguante del número de gladiadores donde ni los más hábiles o queridos por el pueblo tenían opción de salvarse, mermando la aparición de “gladiadores franquicia” (estrellas del deporte propiedad de un editor en particular). La prohibición de esta práctica por parte de Augusto fue un gran acierto, no sólo desde el punto de vista económico (para eso creó los ludi imperiales), sino para una correcta utilización de los munera: propició la participación de los ciudadanos en los espectáculos, pidiéndoles opinión, lo que les mantuvo contentos; además, Augusto se exhibía en el palco para dar el veredicto final; y por supuesto, se multiplicó el número de gladiadores dando opción al surgimiento de estrellas deportivas.

Otras medidas recogidas en la reforma augusta se refieren a la organización del graderío y, sobre todo, a reglar el combate mismo. En esta línea, desparecieron una serie de gladiadores, como el samnita, y de su panoplia surgieron muchos otros, como el secutor, el hoplomachus o el murmillo. Se reguló, también, la indumentaria marcial, viéndose afectadas las protecciones de la testa con el fin de igualar los combates. Y variaron más normas que ya hemos visto o iremos viendo en el estudio de las tipologías de gladiadores o en las sucesivas entradas sobre la atmósfera del munus.

A guisa de conclusión, la reforma augusta supuso un punto de no retorno, los munera quedaban institucionalizados como deporte imperial propiamente romano, y en el devenir del Imperio guardaron esta forma: misma periodicidad, calidad y características, que los Emperadores sabedores de su eficacia simbólica se cuidaron muy mucho de no modificar.