miércoles, 29 de abril de 2015

El Gran Incendio de Londres

En septiembre de 1666 la capital inglesa sufrió el peor incendio de su historia. El fuego arrasó una gran sección de la ciudad, reduciendo a cenizas casas, iglesias y negocios de toda índole. La City prácticamente desapareció por completo, dejando sin hogar a más de 100.000 personas. Pero sobre las cenizas de este barrio se llevará a cabo una reconstrucción moderna y racional, que pondrá a Londres a la cabeza de las ciudades europeas de su tiempo.

Una mala racha

Londres sufrió mucho aquel año, pero eso era algo a lo que los ingleses ya estaban acostumbrados desde hacía mucho tiempo. El país apenas se había recuperado del horror desatado por la peste, una epidemia que se propagó como consecuencia de la proliferación de pulgas y ratas negras, y que durante años había asolado ciudades de Inglaterra y toda Europa. Se calcula que Londres perdió entre 70.000 y 100.000 almas a causa de la plaga. Por otra parte, la inestabilidad política vivida durante las décadas anteriores a 1666 fue del todo abrumadora: tres guerras civiles, un rey decapitado y un tumultuoso periodo republicano.

Londres había empezado a recuperar parte de su esplendor tras tantos años de ruina y conflicto. El rey Carlos II hacía poco que se había instalado de nuevo en su palacio de Whitehall, y con él volvieron los nobles de la corte, muchos de los cuales habían huido de la abarrotada urbe por temor a quedar infectados por la peste. A pesar de las enconadas quejas de los predicadores católicos y protestantes, los teatros y las tabernas volvieron a llenarse, consiguiendo que el populacho londinense olvidara parte del sufrimiento acumulado durante años. Parecía que la ciudad empezaba a recuperarse cuando el 2 de septiembre, poco después de medianoche, empezó a arder una panadería en Pudding Lane, una calle cercana al río Támesis.

Se desata el infierno

Todo empezó en el negocio de Thomas Farriner, un humilde panadero que durante toda su vida siguió repitiendo que no se había olvidado de apagar el horno aquel día. El edificio ardió con fuerza y pronto afectó a las plantas superiores. La familia consiguió salvarse saltando a un tejado contiguo desde una ventana. La criada, paralizada por el miedo, no reunió el valor suficiente para hacer el salto y murió cuando fue alcanzada por las llamas. El Gran Incendio de Londres se había cobrado su primera víctima.

Desarrollo del incendio por el barrio de la City

Las llamas no tardaron en afectar a los edificios colindantes. La City era un barrio viejo, de calles muy estrechas, irregular y comprimido por las murallas. Las residencias, de madera y paja en su mayoría, se hacinaban unas con otras. Pese a que estaban prohibidos por las autoridades municipales, abundaban los jetties: edificios con una parte superior más ancha que la inferior, que prácticamente se juntaban con los de la acera de enfrente.

Lo habitual cuando se desataba un incendio era tocar las campanas de la parroquia más cercana, que también servía como almacén donde se guardaban los útiles para incendios. Eran los propios vecinos quienes debían de ocuparse de su extinción. Si los cubos de agua no podían detener las llamas, lo más recomendable era demoler una hilera de edificios tratando de hacer un cortafuego. Para ello se utilizaban hachas y unos ganchos especiales conocidos como firehooks. Lamentablemente, los vecinos de Pudding Lane se vieron enfrascados en una trifulca sobre qué edificios debían ser derribados. Nadie quería arriesgarse a perder su casa si las llamas eran finalmente controladas, y después de todo, los incendios en un barrio con esas características no eran del todo inusuales. Ante la falta de iniciativa, recayó la decisión sobre los derribos en la mayor autoridad civil de la ciudad, el Lord Mayor de Londres, sir Thomas Bloodworth.

El alcalde, molesto por lo engorroso del asunto, no quería mojarse con la decisión y verse en un posible pleito con los dueños de los inmuebles si luego las demoliciones, finalmente, resultaban innecesarias. Optó por minusvalorar la situación, desoyendo los consejos de los voluntarios contra incendios más experimentados, y evidentemente las consecuencias no tardaron en aparecer. Para la madrugada, gracias a la acción del viento que las azuzaba, las llamas ya se habían propagado sin freno alguno.

Conocemos todos estos detalles gracias a Samuel Pepys, cronista de la Inglaterra del siglo XVIII y funcionario de la Marina, que acabó por convertirse en uno de los principales actores en los sucesos de aquel escenario de pesadilla. Despertado forzosamente por su criada mientras estaba en la cama, nada más enterarse de lo que estaba ocurriendo, tomó una barca y navegó por el Támesis directo a la zona del incendio. Sus ojos pudieron ver como la gente bloqueaba las calles y la orilla del río tratando de salvar sus pertenencias, sacándolas a duras penas de unos hogares que daban ya por seguro calcinados. No podía creer lo que estaba pasando: nadie intentaba apagar el fuego.

Samuel Pepys puso rumbo a Whitehall, el barrio de la corte, donde informó de lo que estaba ocurriendo. Carlos II, preocupado por la gravedad de la situación, lo envió de vuelta a la City con un mensaje claro para lord Bloodworth. Debía ordenarle que se iniciaran inmediatamente las labores de demolición. Pepys se encontró con un Lord Mayor sobrepasado por la situación, histérico al ser consciente de su terrible error, y que era testigo de cómo las labores de extinción poco podían hacer ya por detener aquella calamidad. Al día siguiente, por orden del rey, el duque de York tomó el mando de la ciudad.

Entre los días 2 y de 5 septiembre, Londres vivió una pesadilla. Para los equipos de bomberos era prácticamente imposible llegar a los focos más activos. Las multitudes se agolpaban en las calles impidiendo el paso. Acceder al agua, a pesar de la cercanía del río, era una tarea de titanes. Los aterrados ciudadanos londinenses se refugiaban en las iglesias, esperando que sus paredes de piedra les salvaran de las llamas, para más tarde abandonarlas al darse cuenta que tampoco eran seguras. Por las calles empezaron a verse linchamientos de católicos y extranjeros, a quienes se tenía por culpables. Se sabe que muchos de ellos se ampararon en la casa del embajador español, el conde de Molena, quién consiguió salvarles de ser apaleados hasta la muerte. El viento y el efecto chimenea, favorecido por la estrechez de las calles, extendieron el siniestro en todas direcciones, afectando infinidad de inmuebles.

El Gran Incendio de Londres, obra del pintor Philippe-Jacques de Loutherbourg.

Las consecuencias

A última hora del 5 de septiembre, el viento dio finalmente un respiro, y se consiguió poner fin al incendio. El panorama era completamente desalentador. Un total de 26 barrios habían sido afectados, 15 de los cuales quedaron totalmente arrasados y de otros 8 apenas quedaba nada en pie. Se había quemado una superficie total de 1,8 kilómetros cuadrados, donde ardieron más de 13.000 casas, 87 iglesias (incluida la catedral de San Pablo), 52 sedes gremiales, e importantes edificios como la Bolsa. Decenas de miles de personas quedaron sin hogar o en una situación desesperada. Muchos lo perdieron todo, quedando completamente arruinados al perder sus pertenencias y negocios. Una buena parte de ellos no pudo recuperarse jamás, hasta el punto que se tuvieron que ampliar las prisiones para albergar a todos aquellos que no pudieron pagar sus deudas (muchos contratos obligaban al inquilino a seguir pagando aunque la casa no existiese). Curiosamente, a pesar de la cantidad de daños, el número de víctimas fue mínimo. Murieron entre 5 y 9 personas si atendemos a las fuentes, aunque se sospecha pudieron ser más si tenemos en cuenta que muchos cuerpos quedarían completamente calcinados por las llamas. A pesar de todo, era una cifra completamente insospechada tratándose de una zona tan densamente poblada.


En cuanto a las labores de reconstrucción, la tarea recayó en Christopher Wren, el arquitecto favorito de Carlos II. Sus primeros planos muestran el diseño de una ciudad completamente distinta. Una estructura radial con varias plazas y amplias avenidas, un adelanto del urbanismo de los siglos XVIII y XIX. No obstante, estos diseños no fueron aceptados por ser demasiado modernos, prefiriéndose reconstruir el plano original aunque con un buen número de mejoras. Se regularon por ley todo tipo de detalles arquitectónicos: la calidad de los materiales, la altura de los muros, las distancias entre edificios, etc. Se creó la Fire Court, institución que debía resolver los procesos judiciales entre dueños y arrendatarios. Aparecerán las primeras compañías de seguros con equipos de bomberos profesionales. La reconstrucción, entre otras cosas, obligó a despejar las orillas del río para evitar que éstas quedaran colapsadas por el fuego si un incendio así volvía a repetirse. Con el tiempo, las calles de la City volvieron a recuperarse. El mayor proyecto de Wren, sin embargo, fue devolver a la catedral de San Pablo su dignidad. El estilo gótico del viejo templo ya no volvería a verse dibujado en el perfil de Londres. Aquella era una nueva ciudad.

sábado, 25 de abril de 2015

Los Caballeros de Malta

En 1530 la orden de los Caballeros Hospitalarios hizo de Malta su nueva sede. Estos guerreros-sacerdotes llevaban más de siete años vagando sin rumbo por el Mediterráneo, expulsados por los turcos del que fue su anterior hogar, la isla de Rodas. Su peregrinaje acabó el día en el que el emperador Carlos V les ofreció Malta como un nuevo lugar donde asentarse, lejos de las cortes europeas y cerca del enemigo musulmán, en pleno corazón de un mar infestado de piratas berberiscos. Carlos V había obtenido este archipiélago como parte de su herencia aragonesa, pero al tratarse de un lugar árido, incomunicado y pobre en recursos, no tuvo problema en desprenderse de él si con ello conseguía un nuevo aliado contra el Islam. No obstante, el Emperador se negó a vender las islas a sus nuevos habitantes, otorgándoselas no como propiedad sino como feudo. Los caballeros a cambio no tuvieron que jurar fidelidad al Habsburgo, manteniendo su máxima fidelidad ante el Papa y evitando así entrar en el conflicto político desatado entre católicos y protestantes. Este compromiso quedaría sellado con un curioso pago: los Caballeros de Malta debían entregar a la casa de Austria un halcón entrenado al año. Había nacido el famoso tributo del Halcón Maltés.

El archipiélago otorgado se encuentra a unos cien kilómetros al sur de Sicilia y a unos trescientos de la costa de África, prácticamente en el centro del eje este-oeste del Mediterráneo. Está compuesto por las islas de Malta, Gozo y Comino, a las que se suman algunos islotes de menor importancia. Como hemos comentado anteriormente, se trataba de un lugar duro donde asentarse, pero los hospitalarios llevaban medio siglo batallando contra el Islam, y no iban a dejar de hacerlo por inhóspito que fuera su nuevo hogar. Durante los 268 años que estuvieron al mando del archipiélago, los caballeros se prestaron de corazón a las islas y a su cometido como soldados de la cristiandad. Fue tal obstinación con la que se entregaron a su misión, que la institución de la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén y de Rodas, pasó a ser conocida por todos a partir de entonces como la Orden de Malta.

El Caballero del Reloj, obra del maestro Tiziano

Los orígenes en Tierra Santa

Esta hermandad fue fundada por mercaderes italianos (concretamente de la República Marinera de Amalfi) en Jerusalén en el año 1048. Su presencia en Tierra Santa sirvió para ofrecer servicios médicos y hospedaje a los numerosos peregrinos que visitaban estas tierras. Fueron las autoridades del califato egipcio las que permitieron a esta comunidad dinástica fundar su primera sede. Se trataba de una iglesia, un convento y un hospicio-hospital situados en las inmediaciones del Santo Sepulcro y consagrados a san Juan Bautista.

Con el tiempo, y tras la toma de Jerusalén por los cruzados cristianos, la orden reforzó su presencia. Amparados bajo la protección papal, los sanjuanistas crecieron en número y autonomía. Los monjes abrazaron la regla agustina o agustiniana, haciendo votos de pobreza y castidad. Fue entonces cuando tomaron el hábito negro al que después se añadirá la tan célebre cruz como enseña (más tarde también utilizarán el rojo). Será Raimundo de Puy, quién tras tomar los mandos de la orden, decida adoptar el título de gran maestre, militarizando la hermandad para proteger por el camino de las armas a peregrinos y santos lugares por igual. Los hospitalarios, en su nueva función como monjes guerreros, tuvieron a bien subdividir la comunidad entre aquéllos que luchaban y quienes celebraban misa y cuidaban de los enfermos; de este modo quienes hacían correr la sangre no podían oficiar la liturgia.

Los hospitalarios llegaron a poseer una considerable fortuna. Su presencia no sólo era fuerte en Tierra Santa, donde se encontraban los famosos hospitales de Jerusalén y San Juan de Acre, sino que también poseyeron conventos en numerosas ciudades europeas.

Nuevos destinos para la orden

Tras años de amargas guerras los reinos latinos acabaron cayendo ante la espada del Islam. Tierra Santa ya no pertenecía a la cristiandad, y los hospitalarios, al igual que el resto de las huestes cristianas fueron definitivamente expulsados en el año 1291.

En un principio se pensó en Creta como lugar donde establecer de nuevo la sede, pero finalmente optaron por unirse con los Templarios en Chipre. Lamentablemente para ellos, esta isla será su hogar durante poco tiempo. La presencia de estas órdenes generó fuertes tensiones entre ellas y el monarca latino. Al fin y al cabo, su autonomía y poder político eran un escollo importante para los poderes laicos de la isla. Templarios y Hospitalarios optarán por abandonar Chipre, encaminándose los primeros a Europa, mientras que los segundos prefirieron quedarse en Oriente Próximo.

En 1310, los Hospitalarios invadieron la cercana isla de Rodas, la cual estaba en manos no de sus enemigos musulmanes sino de cristianos ortodoxos dependientes de Constantinopla. Durante algo más de dos siglos se convirtieron en un estado soberano de facto. Pasaron a llamarse caballeros de Rodas, y el gran maestre se convirtió también en príncipe. 

A partir de entonces la orden se convirtió en un auténtico dolor de muelas para los musulmanes. La isla se convirtió en un bastión fuertemente militarizado desde donde pudieron intervenir en numerosas campañas como las que se desarrollaron en Siria o Egipto, mientras que su flota se dedicó a entorpecer la navegación y el comercio musulmán en aquellas aguas del Mediterráneo. Pero todo aquello atrajo las iras de los sultanes mamelucos de Egipto, quienes trataron de conquistar la isla en más de una ocasión. 

Fueron los otomanos quienes sí lograrán expulsar a los caballeros de Rodas. En 1522, el sultán Solimán el Magnífico envió a la isla una poderosísima flota de más de 400 naves en la que iban embarcados más de 200.000 soldados turcos. Los caballeros trataron de hacer frente a este enemigo como lo habían hecho con anterioridad, pero esta vez fueron incapaces de repeler el ataque y, tras un largo asedio, tuvieron que capitular. Solimán supo admirar el arrojo y la tenacidad con la que los caballeros defendieron su fortaleza, por lo que optó por permitirles evacuar la isla llevándose todos sus tesoros y bienes con ellos. 

Y entonces llegó Malta

De este modo llegamos al punto de inicio de esta entrada. Los caballeros, habiendo sido expulsados de Rodas, necesitaban encontrar un nuevo lugar donde asentarse. Y gracias a Carlos V y por el precio de un halcón al año sabemos que lo hicieron en Malta. Rápidamente transformaron la isla en un nuevo bastión. Sabían que Solimán no tardaría en volver a por ellos puesto que, pese a haber demostrado ser un hombre de honor, no dejaban de ser sus enemigos.

La expansión de los turcos por el Mediterráneo no tardó en llegar a Túnez, lugar desde donde empezaron a enviar incursiones contra la cercana Malta. Fue en 1565 cuando los musulmanes llevaron a cabo la peor de todas ellas, aunque no se trataba exactamente de una incursión, sino de una invasión en toda regla. Cuentan los cronistas que una mañana de aquel año “una masa de velas blancas cubría el horizonte”, iniciándose así el célebre Gran Sitio de Malta. Durante cuatro meses, los caballeros resistieron contra un enemigo que les triplicaba en número, completamente aislados, y en un momento de gran precariedad económica. Poco a poco fueron perdiendo varias plazas fuertes y pronto los muertos llegaron a miles. Pero cuando todo parecía perdido y la derrota se dibujaba como segura, los refuerzos enviados por la Monarquía Hispánica desde la cercana Sicilia tornaron la situación del enfrentamiento. Pocos años después, en el año 1571, la batalla de Lepanto terminará por frenar el empuje turco en el Mediterráneo. Los caballeros de Malta habían salido victoriosos, y su heroísmo les granjeó grandes apoyos en toda Europa. 

El Sitio de Malta

Fundaron y bautizaron La Valetta en honor del gran maestre que los había llevado a la victoria. Fue durante años la ciudad portuaria mejor fortificada de Occidente. Una ciudad moderna y planificada, pensada para la guerra, y que se diseñó para ser una fortaleza inexpugnable en mitad del Mediterráneo.

Sin embargo, nunca tuvieron que volver a hacer frente a un verdadero conflicto. Malta vivió décadas de relativa paz y con ella llegó la prosperidad económica. En este momento, empezaron a retomar con fuerza su ya famosísima asistencia médica y comenzaron a erigir palacios e iglesias de gran belleza y ostentosidad. Los grandes maestres se convirtieron en mecenas de las artes y convirtieron a Malta y las otras islas en un lugar a la altura del resto de las ciudades europeas. De los 15.000 habitantes que se calcula tenía el archipiélago a la llegada de los caballeros, pasarán a ser 84.000 cuando éstos se vean obligados a abandonar la isla.

La Valetta

Nuevamente expulsados

Para el año 1798, las cosas habían cambiado mucho. La orden era demasiado anacrónica para los nuevos vientos que corrían por Europa. La población de las islas, empapada por las ideas llegadas desde la Francia Revolucionaria, demandaba mayores libertades. Los aristocráticos caballeros, fieles a las prácticas despóticas, vieron como Malta se les escapaba de las manos. La desunión entre los hermanos de la orden se hizo presente. Muchos, especialmente los de origen francés, acabaron por apoyar a Napoleón Bonaparte cuando éste decidió hacerse con las islas de camino a su campaña en Egipto.

La mayor parte de los hospitalarios acabaron por viajar a Europa, sobre todo a las ciudades italianas. Tras un tiempo acabaron por instalarse en Roma en el año 1834, manteniendo su territorialidad únicamente en el Palacio Magistral y en las embajadas diseminadas a lo largo del mundo. A partir de entonces, los deberes de la orden se limitaron a la asistencia médica, social y religiosa.

Hoy en día la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta está integrada por más de 12.000 caballeros y damas, manteniendo relaciones diplomáticas con más de un centenar de estados. Es además observadora permanente en la ONU y la Comisión Europea. La orden, en definitiva, ha vuelto a sus orígenes: las labores humanitarias.

jueves, 23 de abril de 2015

La Gorgona

Terracota del templo de Atenea
en Siracura, circa 570 a. C.
Ya llevamos varias semanas con el blog y nos parecía necesario hacer una entrada en la que hablásemos de la titular del mismo. Conversando con distintas personas sobre el blog nos decían que les gustaba mucho pero que no sabían quién o qué era esa “Gorgona”. En cuanto les mencionabas el nombre de Medusa les desaparecía esa duda y sus ojos se abrían en señal de asombro: “¿Es qué tenía dos nombres?”, alguno nos preguntó. La verdad que no es raro, ya que pocas veces se cuenta que Medusa era una Gorgona. Hoy queremos aclarar quienes eran.

A todos los héroes se les mide por la fuerza y la crueldad de sus enemigos. Siempre nos centramos en la vida y gloria de los primero mencionando a los segundos solo cuando se cruzan en la vida de los héroes, dejando de lado los orígenes y vida de los que al final serán vencidos. En nuestro caso Perseo se enfrentó a distintos monstruos (los cuales veremos a lo largo de distintas entradas), pero el enfrentamiento por el que es recordado es el de la Gorgona Medusa.

Las Gorgonas era tres hermanas, hijas de Forcis y Ceto (hijos a su vez de Gea y Ponto), inmortales dos de ellas; pero la tercera, Medusa, nació mortal. En la Teogonía tenemos un pasaje en el que se nos hablan de ellas:

Las Gorgonas que viven al otro lado del ilustre Océano, en el confín del mundo hacia la noche, donde las Hespérides de aguda voz: Esteno, Euríale y la Medusa desventurada. Esta era mortal y las otras inmortales y exentas de la vejez las dos. Con ellas solo se acostó el de Azulada Cabellera –Poseidón- en un suave prado, entre flores primaverales. Y cuando Perseo le cercenó la cabeza de dentro brotó el enorme Crisaor y el caballo Pegaso. (Teogonía 274/281)

La imagen que ha sobrevivido en el imaginario colectivo de las Gorgonas no es la que se tenía en la antigüedad arcaica. Aparecen representadas con la cabeza llena de serpientes con una mirada y boca terrorífica. Cuando se muestran de cuerpo entero están corriendo con una postura característica: de frente y con una de las rodillas dobladas casi en la tierra. Tienen alas y se puede ver el horror en sus rostros: dientes afilados en una boca abierta de la que cuelga una enorme lengua. Los ojos desmesuradamente abiertos, casi desencajados.

Cuando solo se representaba la cabeza (denominada Gorgoneion), como figura apotropaica (figura de carácter mágico que aleja el mal o propicia el bien), ya que la mirada de las gorgonas convertían en piedra y hacían huir. Esta característica hacía que fuese común su uso en la decoración de los escudos de los guerreros o en la égida (coraza), igual que la de Atenea, que colocó la mismísima cabeza de Medusa entregada por Perseo.

Vasija, del tipo dinos, decorado con figuras negras (600-580 a. C.)
A la izquierda aparece Medusa decapitada mientras sus dos hermanas persiguen a Perseo.
En las representaciones iconográficas es común encontrar el momento de la decapitación desde el año 670 a. C. El uso del Gorgoneion se remonta a la misma época en la ciudad de Corinto, muy vinculada a este mito, ya que el emblema de la ciudad era Pegaso, que brotó del cuello cercenado de Medusa junto con Crisaor (gigante de figura humana), ambos fecundados por Poseidón. Esta imagen terrorífica irá suavizándose con el paso del tiempo. Ya en el 490 a. C. en una de las odas de Píndaro se la define como la “Medusa de bellas mejillas”, muy alejado de las imágenes arcaicas.

Ya en época romana, en la narración del mito realizada por el poeta Ovidio, Medusa era una hermosa joven, sacerdotisa del templo de Atenea. Tras ser violada por el Poseidón, la enfurecida diosa transformó los cabellos de la joven en serpientes maldiciéndola.

Respecto al enfrentamiento con Perseo nos haremos eco en otras entrada cuando hablemos de las hazañas del héroe. 

La Ruta de la Seda

Pocos bienes de lujo son tan universalmente conocidos como lo es la seda. Fueron los chinos, en torno al año 2500 – 2000 a.C, quienes adquirieron los conocimientos y la técnica necesarios para trabajar las preciadas fibras producidas por el Bombyx mori o “gusano de seda”. Gracias a sus cualidades únicas, estos tejidos pronto se convirtieron en objeto de deseo para reyes y nobles de todo tipo y condición. La escasez de su producción, combinada con la increíble demanda, dio lugar a un provechoso negocio que perduró durante siglos a pesar de los innumerables peligros que corrían aquellos que decidían enriquecerse con este intercambio. Un comercio que floreció uniendo Oriente y Occidente a través de una larga ruta que en su momento de mayor extensión llegó a tener más de ocho mil kilómetros de largo.

Ruta de la Seda 300 a. C. - 100 d. C.

Los orígenes de la ruta se remontan al período en torno al año 2000 a.C, cuando los chinos establecieron varias vías de comunicación con las regiones más orientales de Asia central, en lo que hoy es la región autónoma de Sinkiang. La abundancia de jade, un mineral altamente codiciado por los emperadores, atrajo el comercio entre estas dos regiones, y sirvió como comienzo de un futuro intercambio mucho más enriquecedor.

Las conquistas de Alejandro Magno, de quién ya hemos hablado con anterioridad en este blog, permitieron unir aquellas vías de comunicación con el mundo mediterráneo. Recordemos que su imperio se extendía desde Grecia y Egipto hasta Bactria, en el actual Afganistán, y el norte de la India; por lo que gracias a su inmensa extensión pudo establecerse la comunicación entre los mundos oriental y occidental. Tras el Imperio de Alejandro y los distintos reinos helenísticos que fueron sus herederos, serán los romanos quienes recojan el testigo de aquella unión. Roma, señora indiscutible del Mediterráneo, sentía una atracción única por los productos orientales, especialmente por la seda. Ni si quiera la caída de la “Ciudad Eterna” detendría este formidable intercambio comercial, puesto que para entonces Constantinopla y el Imperio Bizantino ya se habían asegurado el control sobre esta inagotable fuente de riquezas.

Puede que la seda fuera el producto estrella de las numerosas caravanas que atravesaban los horizontes entre Asia y Europa, pero no era el único. Piedras preciosas como los diamantes o los rubíes, el satén o el almizcle también tenían una enorme demanda. Una demanda que por otra parte no era igual para unos y otros. Lo cierto es que si el intercambio era bilateral, era mucho más importante y lucrativo el que viajaba de Oriente a Occidente. El Imperio chino estaba más interesado en los bienes que se producían en la región de Asia Central que en lo que llegaba del Mediterráneo.

Hemos dejado claro que la ruta fue ante todo una vía comercial, pero no podemos olvidar que sirvió también como importante fuente de difusión cultural. Las vías abiertas por los mercaderes permitieron el traspaso de conocimientos, religiones y gustos estéticos. Así lo atestigua el arte grecobudista, uno de los ejemplos más bellos de la fusión que se produjo entre los dos mundos.

Representación de Hércules (dcha.) como guardián de Buda

Una odisea larga y difícil

Puede que parezca que hablamos de una única ruta de la seda, pero en realidad el camino podía variar en función de las necesidades. Hubo momentos en los que se necesitó variar su recorrido en función de la realidad política de los lugares que atravesaba, puesto que sólo los estados fuertes eran capaces de contrarrestar la acción de los bandidos. La competencia entre las caravanas podía ser feroz, y encontrar rutas más veloces podía acarrear el éxito o el fracaso de una expedición. Por otra parte, el destino de las rutas no era siempre el mismo. Muchas nunca llegaban a ver el Mediterráneo, terminando su periplo en alguno de los inmensos mercados de Asia occidental. Otras en cambio alcanzaban algún importante puerto como eran Alejandría o Antioquía, desde donde más tarde partían a Roma u otros lugares.

El viaje podía llegar a durar un año y el recorrido, muchas veces, llegaba a ser toda una aventura. Las barreras naturales se unían a las inclemencias de una climatología extrema. Los inviernos en la estepa asiática convertían el trayecto en una prueba que sólo eran capaces de superar aquellos que tuvieran una gran determinación.

Esta diversidad de rutas favoreció la aparición o el crecimiento de ciudades hasta entonces inexistentes o que apenas eran importantes. Al encontrarse en medio de aquella ruta estos asentamientos sacaron provecho de su ventaja estratégica. Eran elementos indispensables en la logística general de la vía y además servían como punto de intercambio comercial, donde los productos iban haciendo escala. Ciudades como Dunhuang, Samarcanda o Bujara construyeron un impresionante legado del que hoy en día aún podemos disfrutar.

Apogeo y caída

El período entre los siglos VII y IX fue el más esplendoroso que vivió la ruta de la seda. En occidente, el Imperio bizantino supo asegurar la supervivencia de las distintas vías comerciales haciendo de Constantinopla el puente entre los dos mundos, y garantizando que los preciados bienes llegaran a las aguas del Mediterráneo. En el otro extremo, la dinastía Tang de China, ejerció su dominio de forma estable, otorgando seguridad a las travesías que cruzaban la peligrosa Asia central.

Cuevas de Mogao en la ciudad china de Dunhuang

Será la llegada de los mongoles el punto que dé paso al episodio final de nuestra ruta y el comercio terrestre entre Oriente y Occidente. Pese a que el gusto por el comercio siguió presente entre los herederos de Genghis Khan, su expansionismo supuso una seria amenaza para Europa. Tras la disgregación del Imperio mongol, en el siglo XIV, el comercio se hizo cada vez más inviable. La posterior expansión turca y, sobre todo, la caída de Constantinopla en 1453, supondrán el punto final del vínculo comercial y cultural que había sido la ruta de la seda.

Europa hubo de recuperar el comercio entre ambos mundos mediante la navegación. El descubrimiento por parte de los portugueses del cabo de Buena Esperanza abrió una vía marítima entre el océano Atlántico y el océano Índico, lo que no hizo sino empeorar la ya maltrecha situación del comercio terrestre. Por otra parte, el secreto de la seda había dejado de ser exclusivo de Oriente, y Europa había empezado su propia producción, por lo que las especias se convirtieron en el nuevo producto estrella del continente asiático. Poco tiempo después llegarán los europeos a las costas americanas, y allí encontrarán un nuevo lugar donde saciar su apetito comercial y su gusto por lo exótico.


Puede que los viajes de la ruta de la seda hubieran llegado a su fin, pero su recuerdo es algo que difícilmente podrá olvidarse nunca. Sus vías comerciales siguen siendo usadas hoy en día para el intercambio mercantil entre los países de Asia central. La ruta de la seda será siempre la meta de aventureros de toda condición, su nombre ha trascendido en la Historia y nunca podrá dejar de ser lo que siempre fue: el camino que unía dos mundos completamente diferentes.

sábado, 18 de abril de 2015

Munera gladiatoria III: la Reforma Augusta

Escultura de Augusto
En las dos entradas publicadas anteriormente sobre el fenómeno de los munera gladiatoria constatamos su complejidad. Explicamos su desarrollo y naturaleza, concluyendo que tenían un gran valor en la cultura y la política romana, siendo una herramienta de romanización y de control de masas; un ritual que se transformó en un deporte “nacional” controlado por las autoridades romanas. En la última entrada planteamos que la fase de creación definitiva, su forma final, la estableció el prínceps Augusto, primer Emperador de Roma. Prometimos dilucidar la reforma augusta que el nuevo monarca acometió para institucionalizar un modelo de munus que será emulado ad infinitum por sus sucesores.

Durante el gobierno de la República, es cierto que existieron una serie de regulaciones o pautas que regían la gladiatura, normas que surgieron fruto de la práctica en sí misma, la costumbre o la tradición, y que fueron transmitidas por oralidad y por las representaciones artísticas sobre la atmósfera del munus. Pero existía una ausencia de codificación y uniformidad, cambiando las reglas en función de infinidad de variables, lo cual dificultaba un férreo control estatal de la organización admirativo/formal de los munera. Este problema, se subsanará con la llamada reforma augusta.

Tras la victoria sobre el célebre triunviro Marco Antonio en Accio, Augusto restauró los poderes de la República pero en la práctica fue acumulando prerrogativas especiales hasta acabar gobernando como un autócrata, provocando un cambio sustancial en el sistema político de Roma. El Emperador sería el único que ejercería el poder efectivo (Imperium). En consonancia con el nuevo proyecto de afianzamiento e imposición de su poder, Augusto, (que había demostrado sobradamente su genio político desde su juventud) recordó la importancia capital de los munera, su gran valor público y su popularidad aneja. Emprendió una verdadera política de juegos, celebrados con más frecuencia, variedad y magnificencia, encaminada a crear un elemento de construcción imperial, un deporte “nacional” que sirviese como herramienta de romanización y entretenimiento de masas; un resorte para sancionar su poder absoluto y llevar a cabo el proyecto de Pax Romana.

Pero para una instrumentalización óptima de los munera era indispensable crear un reglamento oficial, sancionado por el Emperador. Si bien no existió una ruptura con el pasado republicano, se dio un  paso trascendental en la codificación de los munera con la estandarización (eliminación o concreción de reglas contradictorias o ambiguas), mejora y compilación escrita de las prescripciones que iban a regir la gladiatura.

El problema recurrente para una buena reconstrucción, minuciosa, de la reforma augusta es, como en muchos otros casos, el límite fontal. Al no haberse escriturado la totalidad de la normativa, y al perderse muchas fuentes sobre la cuestión, los estudios sobre la reforma no son lo suficientemente completos para nuestro gusto. Ahora bien, permiten conocer las claves para entender el gran cambio que supuso la reforma. Hubo, entre otras de menor calado, dos medidas importantes que dotaron a los munera de una nueva organización: el munus legitimun y la abolición del munera sine missione.

El munus legitimun se refiere al procedimiento administrativo, procesal y formal de cómo se debe celebrar correctamente un munus. Dentro de esta medida se regulaba el cuándo, dónde, quién y cómo. Se especificaba cuantos días de munera al año estaban permitidos y los cargos públicos que tenían el privilegio de celebrarlos: los praetores sólo podían ofrecer dos (al año) mientras estuviesen en el cargo, con un máximo de 60 gladiadores por munus; los sumos sacerdotes del culto imperial en las provincias tenían la obligación de celebrar uno al año, sufragado por ellos mismos, comprando y  entrenado a sus propios gladiadores, como si fuesen meros lanistas; a los ciudadanos romanos más ambiciosos se les permitía tener participación en la celebración de munus pero de manera parcial, como inversores, sufragando parte del munus o proporcionando infraestructura para su celebración, a modo de beneficencia para la comunidad. Todas estas medidas iban encaminadas a fortalecer la figura del Emperador, que podía realizar munera a su antojo; además eran los más fastuosos y duraderos, quedando el resto de celebraciones ensombrecidas por la magnificencia de los munera augustos. Es más, para ahorrar costes y poder ofrecer cada vez más juegos, Augusto creó los ludi imperiales, verdaderas escuelas de gladiadores a costa del Estado romano, propiedad del Emperador, que disponía de ellos para su utilización en los juegos o para su venta a otros editores, sacando un gran beneficio. El munus legitimun cumplió su fin con creces.

Pollice Verso (1872), obra de Jean-Léon Gérôme.

Por otra parte, la segunda medida, la abolición de munera sine missione, era un paso lógico para beneficio de todos los actores que estaban embarcados en la compra-venta y entrenamiento de gladiadores; además permitió que el deporte generase sus propias estrellas, idolatradas por Roma. Vamos a explicarnos. Existían dos modalidades de combates con el nombre munera sine missione, cada cual más contraproducente para el negocio: en una de ellas se daba la ausencia de la missio para el gladiador vencido, es decir, el perdón o la gracia para el derrotado (ejecutado por el vencedor); la otra modalidad, mas ruinosa, consistía en una concatenación de combates donde el vencedor tenía que volver a pelear hasta quedar sólo un gladiador vivo. El vencedor, al tener que volver a luchar de forma inmediata, acusaba cansancio y heridas, lo que le daba pocas probabilidades de victoria. Estas prácticas tenían múltiples inconvenientes, y no sólo de carácter económico. Desde luego, suponía una ruina constante para el editor pero, además, se le restaba protagonismo, y también al público, ya que no se interrogaba sobre el destino del vencido; por no hablar de lo menguante del número de gladiadores donde ni los más hábiles o queridos por el pueblo tenían opción de salvarse, mermando la aparición de “gladiadores franquicia” (estrellas del deporte propiedad de un editor en particular). La prohibición de esta práctica por parte de Augusto fue un gran acierto, no sólo desde el punto de vista económico (para eso creó los ludi imperiales), sino para una correcta utilización de los munera: propició la participación de los ciudadanos en los espectáculos, pidiéndoles opinión, lo que les mantuvo contentos; además, Augusto se exhibía en el palco para dar el veredicto final; y por supuesto, se multiplicó el número de gladiadores dando opción al surgimiento de estrellas deportivas.

Otras medidas recogidas en la reforma augusta se refieren a la organización del graderío y, sobre todo, a reglar el combate mismo. En esta línea, desparecieron una serie de gladiadores, como el samnita, y de su panoplia surgieron muchos otros, como el secutor, el hoplomachus o el murmillo. Se reguló, también, la indumentaria marcial, viéndose afectadas las protecciones de la testa con el fin de igualar los combates. Y variaron más normas que ya hemos visto o iremos viendo en el estudio de las tipologías de gladiadores o en las sucesivas entradas sobre la atmósfera del munus.

A guisa de conclusión, la reforma augusta supuso un punto de no retorno, los munera quedaban institucionalizados como deporte imperial propiamente romano, y en el devenir del Imperio guardaron esta forma: misma periodicidad, calidad y características, que los Emperadores sabedores de su eficacia simbólica se cuidaron muy mucho de no modificar.

lunes, 13 de abril de 2015

Los indios de las llanuras y la llegada del caballo

Las Grandes Llanuras forman el corazón de Norteamérica. Es una tierra de sol, viento y pastos que abarca más de 3.200 kilómetros de norte a sur y comprende una extensión total de cerca de 2.000.000 de kilómetros cuadrados. Estas tierras son el hogar de numerosas tribus, algunas muy famosas gracias a Hollywood, como los Pawne, Pies Negros, Atsina, Assiniboin, Osage, Poncas, Omaha, Crow, Sioux, Hidatsa, Cheyenne, Comanche, Kiowa o Arapahoe, por citar algún ejemplo.

En el Este, el clima da lugar a grandes terrenos de pasto con hierba alta y abundante, mientras que en el Oeste la hierba es más baja y fuente de alimento para muchos animales del territorio. Una inmensa región de adversas condiciones climatológicas, ya que está abierta al viento con lo que, en invierno, las masas de aire gélido procedentes del norte provocan acusados descensos en la temperatura; un clima impredecible con largos periodos de sequía y constantes amenazas de tornados.

Jinetes-cazadores a lomos de caballos abatiendo bisontes con arco y flecha

Entre la fauna más característica destacan dos especies de mamíferos: el antílope y el bisonte. Las tribus de las grandes praderas valoraban enormemente al antílope, dado que su carne era nutritiva y les proporcionaba útiles como su cornamenta para las ceremonias y piel para vestirse. Sin embargo, el animal que dominaba las llanuras era el bisonte, que atravesaba el mar de hierba en inmensas manadas y del que su número se calcula ascendía a 60 millones de ejemplares antes de la llegada de los europeos.

Los cazadores de las llanuras

En nuestra mentalidad colectiva prevalece la imagen de los jinetes-cazadores de bisontes como el modelo cultural principal de las Grandes Llanuras, especialmente por la representación que hemos heredado de ellos a través del Western, que como hemos insinuado anteriormente, fue todo un referente en la industria cinematográfica estadounidense. Sin embargo, no podemos olvidar que éste modelo no pudo darse hasta el siglo XVII, tras la introducción del caballo y su asimilación paulatina por parte de las poblaciones amerindias. Al vivir en un medio natural tan característico, las culturas de las Grandes Llanuras se caracterizaron por poseer una alta permeabilidad y una gran capacidad de adaptación, y no tardaron demasiado en asimilar la llegada de estos animales.

A diferencia de otros elementos traídos por el hombre blanco, la entrada del caballo sí supuso una reestructuración total del diseño de estas culturas, que afectó por completo a sus raíces económicas, sociales y religiosas. Con la entrada en escena de estos animales se rediseñarán todas las facetas de la vida, y con una sorprendente velocidad, el resultado dará lugar a un nuevo modelo cultural completamente distinto al anterior.

Antes del siglo XVII, el área de las Grandes Llanuras daba cobijo a dos modelos económicos distintos: por un lado la agricultura sedentaria, con el cultivo de maíz principalmente, y, por otro, la caza-recolección. El principal elemento de socialización dependía de los contactos comerciales, enmarcados generalmente en un plano de relaciones pacíficas. La guerra, aunque no les era ajena, se llevaba a cabo como pequeños asaltos basados más en la búsqueda de prestigio por parte de los guerreros que para la obtención de bienes.
Además de cierta dependencia agraria y de la recolección complementaria, estos pueblos requerían también de la caza. Las batidas se llevaban a cabo provocando la estampida de la manada hacia un desfiladero que desembocaba en un precipicio, desde donde se precipitaban al vacío las asustadas bestias. A menudo el número de piezas era tan grande que no se podía utilizar toda su carne, y aunque se secaba toda la que se podía cargar, se desperdiciaba bastante de ésta.

Como ya hemos advertido, la introducción del caballo desde el territorio hispano cambiará el panorama cultural de un modo trascendental. Incluso las comunidades agrícolas más sedentarias, ubicadas sobre todo en la parte oriental, abandonaron sus territorios permanentes para convertirse en nómadas. El caballo confirió mayor movilidad, facilidad en la obtención de presas y capacidad de transporte, tanto de alimentos como de bienes comerciales. Todo ello provocó que en las Grandes Llanuras confluyeran tanto agricultores como cazadores-recolectores en un mismo modelo económico: el de jinete-cazador.

A este nuevo panorama debemos sumar la aparición de no pocos pueblos periféricos que se adentraron en el enorme mar de hierba en busca de un mejor medio de subsistencia, una decisión que estuvo enormemente condicionada por la presión violenta que los europeos ejercían en las áreas donde iban asentándose. Esta migración forzosa degeneró en importantes choques culturales entre poblaciones amerindias que hasta entonces habían estado separadas por enormes distancias.


Fotografía de indios crow a caballo

Distintas formas de ver la vida

El cambio de sedentarismo a nomadismo es una evolución realmente inusual en la historia. Ambos procesos llevan implícitos percepciones mentales muy diferentes de las que una cultura difícilmente puede desprenderse, y menos en un espacio de tiempo tan breve. Los sentimientos de propiedad o seguridad son completamente distintos para aquél que trabaja la tierra y el que depende de la caza. La propiedad de la tierra acarrea una mentalidad basada en la vinculación y el control del medio, otorga confianza respecto a la supervivencia. La agricultura permite planear el futuro puesto que la conservación alimentaria se da por segura. Para el hombre sedentario y dependiente de la agricultura, el hecho de estar tan vinculado al terreno le genera un fuerte sentido de la propiedad.

La vida nómada, por el contrario, supone una mayor libertad de acción y menor apego por el territorio. La falta de una fuente estable de alimentos implica que la supervivencia sea una necesidad más inmediata y pasa a depender en mayor grado tanto de la caza como de la recolección. Esto provoca un aumento de la violencia, pues las prácticas de caza incrementan la hostilidad de sus guerreros y sus tradiciones. Ya no es cuestión de defender las pertenencias sino de conseguir arrebatárselas al medio o a otros competidores.
Aunque los primeros encuentros del hombre blanco con los indios de las grandes praderas fueron relativamente amistosos, la depredación del bisonte y la afluencia de emigrantes hacia la zona originó el deterioro de la relación entre ambas culturas. El lucrativo negocio de las pieles significó una amenaza de muerte para las tribus de las praderas, ya que creció enormemente su demanda, y llevó a la zona gran número de cazadores dispuestos a hacer fortuna.


A la práctica extinción del bisonte se sumó el movimiento migratorio hacia la costa del océano Pacífico. La afluencia masiva de emigrantes destruyó la caza y llevó enfermedades a las tribus que allí vivían. Las diferentes tribus debían desplazarse constantemente a medida que eran desposeídas a la fuerza sus tierras. La aparición de tal inestabilidad también supuso el aumento de los estallidos violentos entre los distintos pueblos amerindios, y no sólo contra los “rostros pálidos”. Como hemos mencionado anteriormente, la entrada de tribus foráneas alteró las fronteras de los territorios tradicionales, y las armas de fuego facilitadas por el hombre blanco provocaron un cambio dramático en la escala de violencia. Así, como consecuencia, podemos concluir que la llegada de los europeos supuso una serie de notables cambios en la vida de los indígenas de las Grandes Llanuras, destacando especialmente la introducción del caballo, hecho que fue el detonante de todos los cambios que hemos descrito.

miércoles, 8 de abril de 2015

España y Japón: historia de una diplomacia complicada.

San Francisco Javier, obra de Van Dyck.
En 1543 un grupo de comerciantes portugueses naufragaron en una isla al sur de Japón; este hecho propició las primeras relaciones comerciales entre la mítica Zipango y las factorías portuguesas distribuidas por toda Asia. Se estableció la primera ruta comercial relevante, el Galeón de Macao, en 1547, por querencia de las autoridades japonesas (no existía un poder centralizado), los Daimyo, que se encontraban ávidos de la llegada de productos a sus puertos. Por esta razón, y por la coyuntura histórica (Sengoku hidai: país en guerra) que atravesaba Japón, se pensó que las armas de fuego occidentales podrían desempeñar un importante papel en las guerras samurái; estos se mostraron dispuestos a la apertura de sus puertos al comercio europeo. Los occidentales, a su vez, vieron en Zipango (antiguo nombre que le daban los europeos a Japón) un campo fértil para la predicación evangélica (sobre todo Jesuitas).

En 1549, por orden directa de Ignacio de Loyola y previa audiencia con Juan III, Francisco Javier desembarca en la isla de Kyushu, en Kagoshima, y comienza la labor evangélica sin éxito inicial pero algunos daimyo se muestran inclinados al cristianismo y comienzan a dar patrocinio, este será el fruto de otro tipo de relaciones. Antes de este hecho, Francisco Javier conoce en Malaca a un compañero peculiar que le ayudará en su labor futura, el samurái Anjiró, huido de Japón por asesinato y convertido al cristianismo como Pablo de Santa Fe.  Este viaje cultural-evangelizador del jesuita fue el primer contacto de los españoles con Zipango, ya que el primer contacto comercial no llega hasta 1585.

Durante el mandato de Oda Nobunaga (1568-1582), el daimyo de Owari que logró centralizar el poder feudal, con capital en Kyoto, las relaciones con los europeos fueron muy cordiales. Se permitió el acceso de misioneros, así como el comercio con algunos puertos nipones; Nobunaga veía con buenos ojos la predicación del cristianismo, era parte de una estrategia de debilitamiento del gran poder que acumulaba el clero budista; en cuanto al comercio, supo reconocer las bondades que ofrecía un armamento avanzado para mantener el poder en un Japón en constante conflicto entre los daimyo. Los progresos de la predicación comenzaron a dar sus frutos, y en 1582, partió del puerto de Nagasaki una embajada hacia el viejo continente con el objetivo de hacer más conocida la labor misionera hispano-portuguesa. Participaron en esta empresa daimyo de varias provincias llegando la expedición a Lisboa (1584), se reunió con el rey Felipe II (rey también de la Corona portuguesa), visitó varias ciudades de la península Itálica y llegó a Roma, siendo la embajada recibida por el Papa Gregorio XIII (1585). A su vez, se producían hasta tres embajadas dirigidas al gobernador Santiago de Vera (Filipinas), entregándole numerosos presentes y solicitándole el envío de misioneros, así como un tratado de alianza y colaboración militar con los daimyo cristianos.

Oda Nobunaga (1568-1582), daimiyo de Owari

La llegada al poder de Toyotomi Hideyoshi (1582- 1598) perjudicó las cordiales relaciones de antaño, iniciando una persecución de cristianos y expulsando a los jesuitas en 1587, con la promulgación de una ley que los ponía fuera del orden y decretaba pena de muerte si permanecían en territorio japonés. Toyotomi Hideyoshi envió una carta al gobernador de Filipinas Gómez Pérez Dasmariñas solicitándole ayuda militar para invadir Corea, ante el rechazo del gobernador, Hideyoshi decide invadir Filipinas. Ante esta situación de riesgo el gobernador intentó aplacar las tensiones con el envío de la embajada de Juan Cobos (1593), que tenía como objetivo restablecer las buenas relaciones con Zipango. Seguidamente se producen otras tres embajadas más; las dos primeras solo sirvieron para volver a suscitar recelos hacia el gobernante Japonés y sus intenciones respecto a Filipinas; la tercera ni si quiera fue contestada.

Dos hechos sirvieron para empeorar aún más las relaciones entre ambos países: el naufragio del Galeón San Felipe (Hideyoshi se quedó con la carga y la vendió); el Martirio de Nagasaki (1597) en el que fueron crucificadas 26 personas, franciscanos en su mayoría.

Así, en el verano de 1597 se envió una nueva embajada exigiendo la retribución de la carga del navío y una queja formal por la crucifixión de los frailes, pidiendo que fueran entregados sus cuerpos. Toyotomi Hideyoshi permitió la devolución de los cadáveres y restableció las relaciones comerciales, pero ratificó la condena de los frailes y prohibió de manera taxativa la llegada de nuevos misioneros. El resultado de esta embajada quedo revocado por la muerte de Toyotomi, un año después, formándose en Japón un Consejo de Regencia integrado por los cinco daimyo más importantes del país.

La lucha iniciada entre los distintos daimyo por lograr la hegemonía finalizó con la victoria, en la famosa batalla de Sekigahara, de Tokugawa Ieyasu (1600-1616), produciéndose un cambio de coyuntura favorable para la Monarquía Hispánica pues el nuevo Shogun tenía interés en ser incluido en la ruta comercial del Galeón de Manila.

En 1598, Jerónimo de Jesús, solicitó al Shogun la gestión de una mayor comunicación hispano-japonesa; la oferta fue muy bien recibida. Pretendía, pese a las reticencias del Gobernador Tello de Guzmán, el envío de navíos directamente a Edo (actual Tokio) con avezados navegantes que enseñasen a los japoneses, así como mineros que les mostrasen las enormes bondades de la explotación de la plata. En 1601, Jerónimo de Jesús y  otros misioneros, se dirigieron a Ieyasu Tokugawa con numerosos presentes, siendo atendidos cortésmente por el Shogun. (El fraile murió sin ver concluidos los tratados).

En medio de este clima favorable, se produjo el naufragio del Galeón Espíritu Santo, cuyos tripulantes, movidos por el miedo, causaron algunos altercados; a pesar de ello, la mayoría de los naufragos fueron enviados sanos y salvos al archipiélago filipino por el Shogun. Tokugawa lamentó el incidente y reclamó que ningún navío con problemas tuviese miedo de refugiarse en Japón. Así, continuaron las embajadas desde Manila y la Metrópoli insistió con vehemencia la expulsión de los holandeses de tierra nipona (afianzados en la escuela de Mito desarrollando los estudios RangaKu), rogativa que no fue atendida por el Shogunato.

Desde entonces tan solo cabe destacar la embajada del daimyo Date Masamune a Europa. Tras el naufragio de Juan Vizcaíno, Masamune se ofreció a construir un nuevo navío para que la tripulación pudiera realizar el viaje de regreso. En octubre de 1613 partió el navío con una comitiva de 180 personas (samuráis y negociantes). La embajada, que contaba con el beneplácito de Tokugawa, pedía pilotos, misioneros, marinos y un comercio continuo con Nueva España. En enero de 1615 fueron recibidos por Felipe III y en octubre del mismo año llegaron a Roma, donde permanecerían hasta 1616.

Los años dorados de las relaciones comerciales se vieron truncados y la cordial situación dio un giro de 180 grados con el cambio de gobierno. Tokugawa Iemetsu (1623-1651) expulsó a los misioneros (segundo martirio de Nagasaki), desde entonces el Japón Tokugawa destacó por su hermetismo y quedaba cerrado para Occidente, aislado durante 250 años.

Tokugawa Yoshinobu organizando la defensa del Palacio Imperial en 1864,
junto a Marsudaira Katamori, durante el incidente Kinmon.

Fue en el año 1854, cuando el comodoro Perry (EEUU) amenazó con bombardear la bahía de Japón, cuando se producirá la apertura obligada. Este hecho provocará cambios estructurales en Japón, pasando de un país feudal a una potencia tecnologicomilitar imperialista en una corta coyuntura (Tratado Kanagawa, Restauración Meiji, Constitución de 1889, Occidentalización).

Como no podía ser de otra manera, después de la reaparición de Japón en el plano internacional, pronto el Reino de España trató de restablecer relaciones con el nuevo gobierno japonés. El gobierno de Reino de España ordenó mandar una legación a Siam, Conchinchina y Japón, con el fin de completar un sistema de tratados que permitiesen a España equipararse a las demás potencias con intereses en la zona. La carencia de medios provocó que el proyecto se limitase únicamente a Japón. Se solicitó el apoyo de otras potencias para lograr la firma del tratado, que obtendría de EEUU, Gran Bretaña y Francia. El tratado fue finalmente firmado en noviembre de 1868 y ratificado en Madrid en 1870.

El interés por fortalecer relaciones desapareció durante bastantes décadas, tomando España la postura de dejarse llevar por el resto de potencias occidentales, sin tomar iniciativas propias. Únicamente se intentará, en 1880, lograr un tratado de emigración japonés que no fructificó. A partir de 1891, se inició una política imperial agresiva por parte de Japón en el Pacífico; este hecho, motivará un giro drástico en las relaciones, que pasarán a estar basadas en el miedo español a perder las posesiones ultramarinas a manos del poderoso y moderno ejército nipón.

domingo, 5 de abril de 2015

El Galeón de Manila

Retrato de Andrés de Urdaneta
En el año 1559, con la intención de acabar con el monopolio portugués en el comercio de las especias, el rey Felipe II ordenó al virrey Luis de Velasco la ocupación permanente de las Islas Filipinas. Luis de Velasco comisionó al que posteriormente sería el Capitán general de las Islas y fundador de Cebú y Manila, Miguel López de Legazpi, con varias misiones como la de retornar sin demasiada demora a México con el objetivo de asegurar una ruta de regreso, el tornaviaje. En 1565 con el padre y cosmógrafo Andrés de Urdaneta, la nao San Pablo regresaba, desde la isla de Cebú (San Miguel), hasta las costas de Acapulco. Tres años después, y utilizando la misma ruta, dos galeones ya transportaban una gran cantidad de piezas de seda y porcelana, quedando establecida la ruta comercial que unió América con Asia.

Viaje y tornaviaje: la ruta comercial del Galeón de Manila.

Se zarpaba de Cavite (bahía de Manila), la primera etapa del viaje era la más complicada por tener que recorrer los estrechos y aguas interiores que conducían al embocadero de San Bernardino. A partir de ahí, la fuerza de los monzones arrastraba a los barcos hasta el paralelo 15 y, posteriormente, se navegaba hasta los paralelos 31-37 desde donde la corriente del Kuro-Shiwo y los vientos del oeste les impulsaban hacia las costas de la Baja California, que se cabotaban hasta llegar a Acapulco. En el siglo XVIII se prefirió tomar rumbo sudeste a cierta distancia de la costa para acortar el viaje y arribar directamente a la Baja California.

Una vez aprestado el barco y la carga (plata americana, autoridades, correo, presos) el barco partía de regreso a Manila por una ruta más segura y sencilla. Se navegaba entre los paralelos 10-16 y en unos dos meses aproximados se llegaba a Islas Marianas, y con otros quince días se arribaba en el puerto de San Bernardino.

La preparación del Galeón

En los primeros años no existió uniformidad ni en el número ni el tamaño de los galeones. Desde 1593 se limitó a dos el número de navíos, quedando un tercero en reserva, en el puerto de Acapulco. Pero la cadencia de barcos hizo que en ocasiones fallara tanto el que debía cubrir la ruta como el de reserva. En cuanto a las restricciones de tonelaje nunca se pusieron en práctica. Durante los siglos XVI y XVII los navíos más utilizados fueron naos y galeones, mientras que en el siglo XVIII se sustituyeron por navíos de línea.

La tripulación incluía, además del capitán y sus oficiales, aquella tripulación necesaria para el mantenimiento del navío y el desarrollo de las tareas cotidianas (calafate, carpintero, capellán, etc.). Además de un contador y un veedor para las funciones notariales y, de regreso de América a Asia, un maestre de la plata, un alférez y un sargento mayor.

En los primeros años no se tomaron grandes medidas para defender el galeón, pero los sucesivos ataques llevaron a las autoridades a tomar medidas paliativas, aumentando el artillado de los buques y estipulando que no se desmontasen los cañones.

Como la comunidad española de filipinas dependía de las ganancias de la ruta comercial del galeón, todos sus miembros tenían derecho a participar en el flete del navío. El espacio del galeón se dividía en partes iguales, cada una correspondiente a un fardo, dividido a su vez en cuatro piezas. Cada pieza se contrataba a través de participaciones, llamadas boletas. Estas piezas, a su vez, se podían subdividir. La titularidad de las piezas debía repartirse entre todos los ciudadanos en función de su riqueza, salvo una parte que se asignaba para mantener a la soldada, clero, funcionariado, viudas, huérfanos, tripulación, etc. Con el paso del tiempo, los beneficiarios se fueron concentrando en pocas manos debido a la reventa de las boletas.

La mercancía era empaquetada generalmente por sangleyes (mestizo de Sangley: ancestro de pura etnia china e indígena) debido a su habilidad para la logística. Cada bulto era cuidadosamente cubierto para protegerlo del agua y los insectos. En los primeros años las mercancías no pagaban las tasas de aduana pero, poco a poco, se fueron imponiendo en los dos extremos de la ruta Manila-Acapulco. En Manila adquirió dilatada importancia el impuesto que gravaba los impuestos de determinadas procedencias, especialmente China. La parte final de las aduanas se recolectaba en México bajo la forma del almojarifazgo. También se cobraban otros impuestos de menor calado, como el almirantazgo o el de avería. Todo lo recaudado era enviado a Manila para sufragar los gastos de mantenimiento de las Islas Filipinas y las Islas Marianas.

Ruta del tornaviaje donde se pueden ver las corrientes del Océano Pacífico

El comercio de los países asiáticos con Manila

La principal carga del Galeón procedía de China, ya que Felipe II decidió sacar provecho de las relaciones comerciales que mantenían, desde siglos, los chinos con Luzón. Como consecuencia, la presencia de los Sangleyes se acentuó cada vez más. El comercio de los ciudadanos chinos en Manila se realizaba de la siguiente manera: llegados a la ciudad y pagado el impuesto del 3% sobre el valor de su carga, los productos se almacenaban en el barrio chino de Manila. Una vez allí, un funcionario conocedor del comercio oriental se encargaba de intervenir y supervisar los tratos. Con el tiempo, y debido a la corrupción de estos funcionarios, se establece un nuevo sistema de comercio libre e individual que desembocaría finalmente en un sistema de ferias.

Otros países también llevaron sus productos a Manila, la India, Java, Borneo, Siam, Camboya, Japón, Persia, Turquía, etc, lo cual sancionaba la importancia y lo boyante de la nueva ruta comercial. Las principales mercancías transportadas fueron las sedas, prendas de vestir, así como ingentes cantidades de porcelana. Otros productos de menor cuantía incluirían alfombras persas, algodón, ámbar, té, armas japonesas, así como objetos de jade, marfil o jaspe.

La Feria de Acapulco

Gracias a su gran actividad como centro exportador-importador durante la feria de comercio celebrada a la llegada del Galeón a Acapulco, se convirtió en el segundo puerto más importante de Nueva España.

El castellano y el alcalde mayor de la plaza eran los encargados del registro, supervisión de la descarga del navío, recaudar los impuestos, organizar la feria, prevención y persecución del contrabando, y de controlar las manifestaciones juradas de los comerciantes que llegaban de las islas. La rutina consistía en cotejar los registros de embarque de las piezas descargadas y transportarlas a los almacenes donde los comerciantes filipinos disponían la compra-venta. Mientras, el virrey comunicaba a los corregidores y alcaldes mayores la llegada del Galeón para que por bando (edicto o mandato solemnemente publicado de orden superior) se diera a conocer la nueva celebración de la Feria.

Los comerciantes que acudían eran principalmente de las provincias del centro y sur de la Nueva España, y la mayoría acudía para adquirir productos con los que mantener sus pequeñas comunidades. A lo largo del siglo XVIII, estos comerciantes fueron desplazados por los almaceneros de la ciudad de México, que llegaron a monopolizar el 80% de los ingresos totales de la Feria.

El crepúsculo del Galeón

El sistema comercial Manila-Acapulco constituyó la proyección hacia el pacífico del sistema de flotas y galeones, que durante siglos unió Asia y América, funcionando con una asombrosa regularidad durante 250 años.

El Galeón se encargaba también de llevar colonos que actuarían como mano de obra en las islas, servía como buque correo, llevaba noticias del Rey y del Virrey de Nueva España (pragmáticas y reales órdenes, noticias de guerra, etc.). Todo ello, hizo que de alguna manera la población filipina fuese dependiente de las vicisitudes del Galeón. Esta situación trató de ser modificada a finales del siglo XVIII, demasiado tarde, debido a la Guerra de la Independencia y los movimientos independentistas americanos que precipitaron el fin de la ruta del Galeón. En 1811 rebeldes mexicanos se hicieron cargo de un navío de plata preparado para embarcar hacia Manila, y en 1813, la legislación extraordinaria de las Cortes de Cádiz decretó la suspensión de la ruta. En 1815, el navío “Rey Fernando” zarpó de Acapulco hacia su puerto de origen después de cuatro años en México, en el que sería el definitivo y último viaje del Galeón de Manila.